Giacomo Carissimi, conocido hoy sobre todo por oratorios como Jephte y Judicium Salomonis, ocupó un lugar importante en la vida musical de Roma durante casi medio siglo. Carissimi compuso oratorios latinos para la iglesia de San Marcelo y obras litúrgicas de dimensiones tanto extensas como reducidas para el Colegio Germánico, para el que fue nombrado maestro di cappella en 1629. Además, accedió a los círculos musicales de la Roma profana, en especial al de Cristina de Suecia, tras la llegada de ésta a Roma en 1655. Al año siguiente, Carissimi fue nombrado maestro de la música de cámara de la antigua reina, cargo en el que se avivó, sin duda, su interés por cultivar la cantata de cámara, género del que nos dejó unas 150 muestras.
Este disco se propone indagar en el repertorio religioso en la forma del motete breve para dos o tres voces iguales, además de unas cuantas cantatas de cámara, casi todas para solista. Las interpretaciones de las piezas para voz por el Concerto delle Donne (Donna Deam, Gill Ross y Elin Manahan Thomas) son correctas; las tres mujeres poseen una técnica excelente y timbres puros con pocas concesiones al vibrato. Lo que echo de menos en ellas es un sentimiento de auténtica comprensión de la música, un reconocimiento de que los motetes son expresiones retóricas del poderoso movimiento de la Contrarreforma, imperante en Roma durante el siglo XVII, o de que las cantatas son un medio para comunicar emociones intensas. En resumen, la ejecución vocal es demasiado refinada y la pronunciación italiana deja mucho que desear. No es un rival para el disco de cantatas de harmonia mundi grabado hace unos años por Agnès Mellon y René Jacobs. BRIAN ROBINS