El coro de Junghänel consta de diez cantantes que se mueven con flexibilidad en una interpretación que contempla uno o dos cantantes por parte. Según la convincente investigación de Joshua Rifkin y Andrew Parrott, tal vez esto refleje la propia práctica de Bach (aunque la orquesta de Bach habría sido más grande que la de Junghänel). El director, sin embargo, prefiere justificar su decisión en términos musicales.
La interpretación resultante transmite un sentido de diálogo y de asociación entre cantantes e intérpretes. Cada uno de los diez cantantes interpreta, al menos, un aria o un dueto. En la mayoría de la obra, se enfrentan a estos movimientos con cierta ligereza lírica que, ocasionalmente, roza lo anodino.
En sus mejores momentos, la grabación se caracteriza por una belleza elocuente (por ejemplo, en Et in terra), por un dramatismo intenso (por ejemplo, en Qui tollis y Crucifixus) y por su exuberancia (caso de, Cum Sancto spiritu y Et expecto). Encontramos una transparencia refrescante y fluida en las arias y los coros de esta naturaleza, si bien es cierto que se pierde algo de claridad en los pasajes de dos cantantes por parte. La predilección de Junghänel por los tiempos rápidos nos conduce, en ocasiones, hacia efectos superficiales y simplistas (especialmente en Gratias y la Dona nobis). No obstante, en su gran mayoría, la interpretación suena convincente y natural, gracias a las sonoridades globales del conjunto y al sensible fraseado. Las ventajas de la pequeña orquesta se reflejan tanto en la atención dedicada a los pequeños detalles como en el sentido general de continuidad. URI GOLOMB