Sobre el interés que hasta hace poco ha suscitado el patrimonio musical hispano hay anécdotas que son significativas, aunque las cosas parece que poco a poco van mejorando.
Resulta que en 1975 apareció en una prestigiosa revista de musicología alemana la noticia del hallazgo de un manuscrito con diez salmos de Tomás Luis de Victoria –más del doble de los que se conocían–, algunos de los cuales llevan rúbrica autógrafa del compositor. Lo que de inmediato habría suscitado una reacción en cadena si el hallazgo hubiese tenido que ver con Lasso, Byrd o Palestrina, tratándose de Victoria la reacción se produjo 28 años después, que es cuando se publicó el repertorio del manuscrito en una cuidada edición a cargo de Esteban Hernández. Para poder escucharlo ha habido que esperar otros cinco años.
El salmo es algo así como la mínima unidad musical del repertorio litúrgico, aunque con una importante funcionalidad dentro de los Oficios. Es el último tipo de obra que un compositor escribiría para su lucimiento personal, a no ser que su estilo tienda a ser lacónico, lo que es el caso de Victoria cuya estética se muestra en toda su pureza en una colección de diez auténticas joyas. Ese Victoria reducido a su esencia se conjuga a la perfección con una formación coral reducida a lo mismo, una voz por cuerda, que si en ocasiones hemos juzgado escasa para dar volumen a las grandes obras del maestro abulense aquí ocurre lo contrario. Una magnífica interpretación de La Colombina, a pesar del transporte que ha sido necesario. MARICARMEN GÓMEZ