Para el amante de la música, tal vez una de las frases más felices del Scivias sea aquella en la que Hildegard aboga por una estrecha relación entre texto y música: “El alma es sinfónica; y lo mismo que la palabra designa al cuerpo, así la sinfonía designa al espíritu, porque la armonía celeste proclama la divinidad, y la palabra publica la humanidad del Hijo de Dios”. Precisamente con esta obra, seguida por un Liber vite meritorum (o Libro de los méritos de la vida, 1158-1163) y un Liber divinorum operum (o Libro de las obras divinas, que recoge su cosmología, 1163-1170), Hildegard inició una trilogía en la que abordó varias de sus visiones simbólicas, proféticas y apocalípticas. Estas visiones y éxtasis, profecías y milagros (incluso, al parecer, se le pidieron exorcismos y sanaciones) fueron los que granjearon a Hildegard gran celebridad: fue conocida como “la Sibila del Rhin”.
Su comunidad crecía demasiado para el convento de Disibodenberg, de modo que, junto a otras veinte hermanas (“veinte muchachas de la nobleza nacidas de ricos padres”), decidió mudarse, entre 1147 y 1150, al Rupertsberg, una colina en el valle del Rhin cerca de Bingen. Gracias al apoyo de varias de las familias de las que procedían sus hermanas, y sobre todo de la aristocrática e ilustre familia Von Stade (a la que pertenecía Richardis, su discípula más amada) fundó el nuevo monasterio independiente de San Ruperto, dedicado también a la Virgen y a los santos Felipe, Santiago y Martín.
En su nuevo convento, que nutrió con una espléndida biblioteca procedente de San Maximino de Tréveris, Hildegard permaneció ya el resto de su vida, acrecentándose cada vez más su fama de erudita. Años más tarde la encontraremos citada documentalmente como “abadesa”, en unas cartas de protección redactadas por el emperador Federico I Barbarroja en 1163. De esa misma década datan los cuatro largos viajes de predicación o misiones (religiosas y diplomáticas) que Hildegard llevó a cabo, desde Rupertsberg, a lo largo de Alemania. Desde ahí emprendió la reforma de otros varios conventos y la fundación de una nueva casa filial en Eibingen (1165), en la orilla opuesta del Rhin, muy cerca de Rüdesheim.
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“Yo puedo abatir la maldad sobre los hombres que me ofenden. Oh rey, si quieres vivir, escúchame o mi espada te atravesará.”—Hildegard, letter to the Emperor
Frederick II Barbarossa
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Cultura enciclopédica
Espíritu inquieto, inmersa en el despertar del espíritu creativo que afectó a todo el siglo XII, Hildegard escribió mucho, también en colaboración con otros, acerca de las más variadas cuestiones, lo que bien pudo permitirse gracias a su amplia y enciclopédica cultura. Pero ni siquiera la monumental Patrología latina de J. P. Migne pudo recoger más que una parte de su amplia producción. En el terreno religioso hizo gala de un profundo conocimiento de la Biblia y de la tradición exegética de su tiempo; trató acerca de teología, moral, ascética, exégesis; hizo comentarios a los Evangelios, así como al credo o símbolo de San Atanasio, y a la regla de San Benito; y redactó algunas vidas de santos como las de San Disibodo o San Ruperto.
Por otra parte, mujer adelantada a su tiempo —máxime si consideramos que se trataba de una monja de clausura—, abordó los géneros más diversos en su multiforme y numerosa obra literaria, dejando siempre respirar en ella una gran piedad. Su visión enciclopédica de la vida le llevó a redactar escritos científicos (como el denominado “Fragmento de Berlín”). En su obra médica, que plasmó básicamente en su Causæ et curæ, llegó a tratar sobre asuntos tan dispares como la circulación de la sangre, las cefaleas, vapores y vértigos, la demencia y determinadas obsesiones. Versó asimismo sobre historia natural en su Physica, donde escribió interesantes estudios sobre física, botánica y zoología (los elementos, plantas y árboles, minerales, peces, pájaros, cuadrúpedos y reptiles, etc.).
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