Tras el Londres de Purcell (véase Goldberg 2), he aquí otra notable etapa de la historia de la música. Su descripción nos devuelve a un personaje situado en un lugar marcado por su presencia.
El esplendor de Versalles nació, sin duda, de la voluntad de un rey, Luis XIV, a quien su juventud, vejada por los agravios de la Fronda, hizo insaciable en cuanto a poder y reconocimiento. Surgió entonces un nombre que fue el primer servidor de su gloria, el nombre de un extranjero —italiano por más señas— a quien la amistad real encumbró hasta las funciones más elevadas: Jean-Baptiste Lully (1632-1687).
En el templo de la monarquía francesa, Lully trabajó en la música del “mayor soberano del universo”. Versalles encarnó en su carrera la realización de una ambición estética que impuso en Europa el arte francés: la ambición de asimilar el modelo italiano, de igualar el teatro clásico legado por Séneca e ilustrado por Corneille y Racine y de proporcionar a Francia —en el seno de la corte más fastuosa de la Europa barroca— una “ópera francesa”.
Este plan se cumplió en 1673, con el nacimiento de la tragedia lírica. Pero la creación musical en Versalles ilustró también otra alianza: la del arte y el poder.
Siguiendo el ejemplo de los antiguos griegos y romanos —Pericles, Alejandro, Augusto, Adriano— Luis el Grande elaboró, para su propaganda y placer, una ambiciosa política en la que la música —interpretada en la capilla, en la cámara, en las caballerizas, en los bosquecillos y en el parque— levantó el mito de Versalles. |
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