A los dieciocho años, Francisco, joven con talento, fue nombrado maestro de la catedral de Jaén, donde residió hasta que, durante una visita a Sevilla, sus padres le persuadieron para que se quedara en su ciudad natal y volviera a servir en la catedral. Guerrero permaneció allí desde 1549 hasta su muerte. En dos ocasiones (en 1551 y de nuevo en 1554) estuvo a punto de ser nombrado maestro de capilla de la catedral de Málaga. Rehusó la primera invitación, pero consiguió y aceptó el nombramiento en la segunda oportunidad, aunque renunció al puesto al cabo de dos semanas, antes de haberse trasladado para ocuparlo. Los canónigos sevillanos apreciaban los servicios de Guerrero hasta el punto de que su insistencia, junto con la promesa formal de que sucedería al anciano Pedro Fernández, resultó decisiva. En aquel año de 1554 no podía saber que Fernández (que había sucedido a Escobar en el cargo de maestro en 1514) seguiría en el puesto hasta 1574, cuando murió, probablemente, tras haber cumplido los 90 años. ¡Es extraño que los canónigos no jubilaran antes a Fernández!
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Guerrero fue la figura dominante de la música catedralicia española a finales del siglo XVI, y sus obras se difundieron, impresas o manuscritas, por España y Portugal y, en el Nuevo Mundo, desde Méjico y Guatemala a Lima y Cuzco
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Guerrero se hizo célebre por su entrega a su trabajo, a su catedral, a su vocación religiosa e incluso a los pobres, a pesar de haberse endeudado en varias ocasiones. En 1591 fue encarcelado por deudas contraídas al hacer imprimir sus obras. Había dejado a deber 280 ducados por la impresión de su Liber Vesperarum (1584) en Roma. Las autoridades de la catedral tuvieron que pagarle la fianza.
La semblanza biográfica escrita por Pacheco, publicada sólo algunas semanas después de la muerte del compositor, nos ofrece una cálida descripción de su personalidad: “Fue hombre de gran entendimiento, [...] afable y sufrido con los músicos, de grave y venerable aspecto, [...] sobre todo, de mucha caridad con los pobres, de que hizo extraordinarias demostraciones [...] dándoles sus vestidos y zapatos quedarse descalzo.”
Pacheco recuerda seguidamente a los lectores el deseo de Guerrero de realizar una segunda visita a Tierra Santa, y cómo Dios había decidido, en cambio, recompensarle con una muerte muy envidiable, pues sus últimas palabras fueron las del salmo 121: In domum Domini ibimus... (“Iremos a la casa del Señor”). En un pasaje anterior de su Libro de descripción de verdaderos retratos... (Sevilla, 1599), Pacheco había expuesto no sólo la existencia de varias composiciones manuscritas del propio músico para cada día de su vida, sino también que la catedral fue “habitación perpetua del maestro”, hasta conseguir incluso que le llevaran la comida allí, que se le servía a través de la reja de hierro de una ventana.
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