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La carrera de Luigi Rossi se desarrolló paralelamente a la de Gian Lorenzo Bernini, el gran protagonista del Barroco romano. Bernini, nacido en Nápoles en 1598, quizás el mismo año que Rossi, había marchado también bastante joven a Roma y realizado las primeras obras importantes como escultor, por encargo de los Borghese, para el cardenal Scipione y para el papa Pablo V. La subida al trono papal de Urbano VIII Barberini selló, al igual que para su compañero músico, el destino de Bernini, quien ya no era sólo el prodigioso escultor que había inventado un nuevo clasicismo naturalista en los retratos y los temas mitológicos, sino que se había convertido para entonces en el arquitecto del Vaticano y en el gran escenógrafo teatral de la Roma barroca. Pero la obra maestra del arte romano del siglo XVII, el Éxtasis de Santa Teresa de la capilla Cornaro, en Santa Maria della Vittoria (1644-1651), nació en el periodo de crisis que involucró a todos los artistas predilectos del poder, incluido Rossi, en la caída de los Barberini y el ascenso del papa Pamphili. Entre los músicos de su tiempo, sólo Luigi Rossi logró emular, con la languidez de sus arias amorosas y el carácter trágico de sus lamentos en pasacalles, la sensualidad de la obra de Bernini.
Volviendo a la carrera de Rossi, Luigi “di Borghese” entró también al servicio de una de las iglesias más musicales de Roma, San Luis de los Franceses, puesto que conservó hasta su muerte. En su calidad de iglesia nacional de los franceses residentes en Roma, San Luis brindó, sin duda, las primeras posibilidades de difundir el nombre de Rossi en Francia, antes incluso de su contacto con Mazarino, en 1646. En 1640, cuando se le consideraba ya entre los principales músicos romanos, Luigi dejó el servicio de los Borghese para entrar en la nómina del cardenal Antonio Barberini, miembro de la familia patricia más poderosa de Roma tras el nombramiento para el solio pontificio del cardenal Maffeo, en 1523, con el nombre de Urbano VIII. La gran estima y el afecto del cardenal Antonio por Rossi se plasmaron en el proyecto del espectáculo más ambicioso contemplado nunca en Roma. La ópera Il palazzo incantato di Atlante, con textos del futuro cardenal Giulio Rospigliosi, tomados del Orlando furioso de Ariosto, fue representada el 22 de febrero de 1642 en el teatro del palacio Barberini durante el carnaval romano. La representación costó cerca de ocho mil escudos, una cifra impresionante. Para interpretar a los 24 personajes se contrató a dieciocho de los cantantes más célebres de Roma, muchos de ellos miembros de la capilla papal (entre otros, Marc’Antonio Pasqualini, Loreto Vittori y Mario Savioni). La duración total del espectáculo fue de siete horas; y su éxito, enorme. Se trataba de la primera ópera propiamente dicha representada en Roma, ciudad en la que no habían faltado las fiestas organizadas en el interior de los palacios señoriales y cardenalicios, pero que sólo en el tercer decenio del siglo había conocido auténticas representaciones de drama musical en el teatro Barberini, sobre temas exclusivamente religiosos, a partir del Sant’ Alessio de Stefano Landi (1613). Los espectáculos representados por encargo de las familias nobles en la Europa del siglo XVII eran acontecimientos irrepetibles destinados a asombrar y poner de manifiesto la grandeza del mecenas. De hecho, con Il palazzo incantato di Atlante se aludía a la residencia del cardenal Antonio, un palacio verdaderamente maravilloso. La magnificencia de las escenografías, realizadas bajo la dirección de Andrea Sacchi, ayudado por el pintor Filippo Gagliardi, la riqueza de los trajes y las máquinas teatrales de Apollonio Guidoni (que había sido ayudante de Bernini en una fiesta romana de 1638), junto con los ballets y los juegos de luces, fascinaron al público y fueron un éxito en su intención de exaltar la riqueza y poder de los Barberini.
En 1644, con la muerte de Urbano VIII y la elección de Inocencio X, miembro de la familia Pamphili, los Barberini cayeron en desgracia y se vieron obligados a refugiarse en Francia bajo la égida protectora del cardenal Mazarino. Éste se apresuró a invitar también a París a Luigi Rossi, a quien encargó la composición de Orfeo, una ópera en italiano con texto del abate Buti, con el propósito declarado de introducir la ópera italiana en Francia. Se trataba de un tema especialmente simbólico, pues el asunto tratado era nada menos que Orfeo, el mito mismo de la música, ampliado en esa ocasión por variaciones y personajes secundarios con numerosos apuntes del teatro cómico. .
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