| Deslumbrados por las sinfonías, las sonatas, los conciertos y las cantatas, a veces olvidamos que el siglo XVIII estuvo ante todo volcado en la ópera. Ya fuera en los teatros públicos o en los cortesanos, la ópera italiana se paseaba de San Petersburgo a Lisboa, y las colecciones de arias se cantaban en reducciones para voz y acompañamiento en las casas de nobles y burgueses donde también se leían los libretos, impresos separadamente. Aunque la nómina de mujeres cantantes y mujeres mecenas de la época es larga, la lista de compositoras cuyas óperas se han conservado es sin embargo bastante más reducida. Entre ellas María Antonia de Walpurgis (1724-1780) ocupó, como veremos, una posición privilegiada. Intentaremos esbozar algunos aspectos poco conocidos de esta princesa sajona, cuyas óperas, alabadas por Johann Adolf Hasse, Pietro Metastasio, Federico el Grande, Johann Christoph Gottsched y Antonio de Eximeno, no se han grabado.
Desde su nacimiento, celebrado en la corte muniquesa con la representación de la ópera Amadis de Grecia, de Pietro Torri, María Antonia iba a relacionarse con la música italiana. Como miembro de la más alta aristocracia, hija del Elector y más tarde Emperador Carlos Alberto de Baviera y de la Archiduquesa MaríaAmalia de Austria, María Antonia de Walpurgis tuvo por maestros a algunos de los mejores compositores de ópera de su tiempo: Giovanni Ferrandini, Giovanni Porta, Nicola Porpora y por último J. A. Hasse. No es que se hubiera descuidado su educación en otros ámbitos: tomó lecciones de pintura de Rafael Mengs y como poetisa proporcionó a Hasse el libreto de La conversione di Sant’ Agostino (1750), considerado como uno de los mejores oratorios del músico sajón. Pero fue fundamentalmente su actividad musical —como compositora, cantante, clavecinista, y patrona— la faceta más importante de Walpurgis. |
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