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A finales del siglo XVIII, el genio musical de Couperin fue apreciado por los discípulos de Bach, para quienes “Couperin fue el Bach de los franceses”.
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Hay que reconocer que, aunque el público no prestó tanta atención a la obra de Couperin tras su muerte, siempre existió un Couperin para los músicos, que lo consideraron uno de los compositores más inventivos de su tiempo, cuya fuerza y profundidad enriquecieron la historia de la música. Debemos recordar las declaraciones de la clavecinista Wanda Landowska, pues son especialmente ilustrativas: “La música de Couperin impregna nuestro inconsciente y agita sus distintos niveles, […] ahonda en las profundidades de nuestra vida interior; me refiero a los ecos altamente espirituales de esta obra […] que se apodera de nosotros por su carácter conmovedor y nos calma”. La voz singular de Couperin no ha terminado aún de conmovernos.
Una capital: París
La concentración de poderes determinó en el siglo XVIII la preeminencia de una capital, París, sede del poder que garantizaba al mismo tiempo una función representativa que era imagen del Estado y aparato de su poder. La Iglesia, encarnación de la unidad en el seno de la ciudad, simbolizaba la autoridad religiosa y los valores ideológicos que había recibido el encargo de traducir en su retórica con el fin de articular el sagrado monumento en el espacio de la capital y hacer visible la fuerza de persuasión y la estabilidad de los valores ideales. Al comenzar el siglo se modificó la iglesia medieval de Saint-Gervais con el añadido de una fachada rígida de tres órdenes que cambió su aspecto y dio testimonio de una nueva estructura social, la del Gran Siglo, que sirvió de guía para su remodelación.
Saint-Gervais poseía desde el siglo XIV un órgano; dos incluso, a partir del XVI. El de Couperin fue construido en 1601 y colocado encima del pórtico. En aquel momento estaba considerado como uno de los mejores del reino. Su titular se llamaba Charles Couperin. Era originario de Chaumes-en-Brie, un pequeño pueblo, y había sido educado en el amor a la música por su padre, procedente a su vez de la rica tradición de una generación de músicos. Chambonnières, clavecinista de Luis XIV, se había fijado en él y en sus dos hermanos, Louis y François (el primero de este nombre), y los había llevado consigo a París. El mayor de los tres, Louis, considerado uno de los más grandes clavecinistas de su tiempo, compuso y enseñó a sus hermanos. Fue titular del órgano de Saint-Gervais y ocupó cargos en La Musique du Roi. Al morir en 1661, le sucedió Charles.
En 1668 nació François, hijo único de Charles Couperin y Marie Guérin. La familia ocupaba la vivienda reservada al organista de la parroquia y estaba situada en lo que es hoy la rue François Miron.
Sabemos poco sobre los primeros años de François Couperin, pero podemos imaginar fácilmente a aquel niño sensible sumergido en un fervoroso clima musical al lado de su padre. Charles le enseñó a tocar el clave y el órgano desde sus primeros años. No hay duda de que decidió desde muy pronto consagrar su vida a la música, como su padre y sus tíos. Enseguida dio muestras de unas aptitudes tan excepcionales que los mayordomos de Saint-Gervais (miembros del consejo encargado de la administración de la parroquia) le prometieron mediante acta notarial la sucesión en el puesto de organista de su padre cuando concluyera sus estudios. Entretanto, Michel Richard de Lalande, cuya fama como organista comenzaba a afianzarse, aceptó la sustitución provisional. La educación musical de Couperin se confió a Jacques Denis Thomelin, instrumentista y compositor, organista de la Chapelle Royale. Couperin estudió con este maestro polifonía sobre temas de canto llano, recercadas de Frescobaldi, chaconas y obras más profanas: danzas y melodías. Couperin se inició asimismo en la improvisación y aprendió el arte del acompañamiento, prácticas de gran importancia para un instrumentista.
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