| Las compositoras siguen considerándose aún hoy un fenómeno social excepcional que no deja de plantear interrogantes. Sin embargo, en todas las épocas, desde la Edad Media hasta nuestros días, ha habido numerosas mujeres que han compuesto música, aunque a veces se hayan encontrado en su camino con muchas dificultades. En el reinado de Luis XIV, hubo algunas que emprendieron ese camino, componiendo en general piezas para clave o canciones (airs). Hasta nosotros han llegado nombres como los de Louise Henriette de Mars, o los de las Mademoiselles Bataille, Denis, Herault, Herville, Laurent, de Ménetou, Sicard, etcétera. Sin embargo, las pocas obras conservadas nos dejan en ayunas para poder dictar cualquier juicio respecto al interés de sus obras. Hay, sin embargo, dos mujeres que atraen nuestra atención especialmente. Por un lado, la veneciana Antonia Bembo, quien llegó con treinta años cumplidos a París, donde pasó el resto de su vida pensionada por el rey en el convento de la Petite Union Chrétienne des Dames de Saint-Chaumon. En esa institución compuso numerosas piezas religiosas y profanas dedicadas a Luis XIV y otros miembros de la familia real, algunas de ellas de grandes vuelos, como su Te Deum para coro y orquesta o la ópera Ercole amante, escrita en 1707 con libreto de Francesco Buti, al que Cavalli había puesto música hacía casi cincuenta años. El segundo caso es el de la principal figura femenina del siglo de Luis XIV, Élisabeth Jacquet de La Guerre, con su nombre de aire altisonante, clavecinista prodigio, aplaudida por la corte y el rey y que realizó luego una carrera coronada por el éxito, en la que fue elogiada por igual como intérprete y como compositora. |
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