París, 1665
Élisabeth, hija de Claude Jacquet, organista de la iglesia de la Île-Saint-Louis de París, nació en marzo de 1665 (su acta bautismal data del 17 de ese mes). La familia Jacquet tenía tres hijos más, Nicolas, Anne y Pierre, y es notable que todos, chicos y chicas, acabaran siendo músicos. Tras haber ocupado la tribuna del órgano en Saint-Nicolas-du-Chardonnet, Pierre sucedió a su padre en Saint-Louis. Nicolas fue también organista, pero en provincias, donde lo hallamos como titular de la iglesia de Saint-Pierre de Burdeos. En cuanto a Anne, estuvo desde muy joven al servicio de Mademoiselle de Guisa, quien reunía en su palacete a un grupo de músicos compuesto por quince intérpretes. Allí entró en contacto, en particular, con Marc-Antoine Charpentier, que componía para el grupo y participaba en las actuaciones con su voz de contralto. Anne no cantaba sino que tocaba el clave o una de las violas da gamba utilizadas por Charpentier en las piezas compuestas para aquellas ocasiones.
Pero la más dotada de los cuatro hermanos Jacquet fue, indiscutiblemente, Élisabeth. Tras ser iniciada muy pronto en la interpretación de instrumentos de tecla por su padre, hizo tales progresos que Claude Jacquet, muy bien relacionado sin duda con altos protectores, presentó a aquella niña precoz de sólo cinco años ante Luis XIV, quien la animó a “cultivar el maravilloso talento que le había dado la naturaleza”. El coro de aplausos que acompañaba a las apariciones de Élisabeth Jacquet en la corte y el cariño del rey por la niña prodigio indujeron a Madame de Montespan, favorita del monarca por aquel entonces, a mantenerla “a su lado tres o cuatro años para entretenerse de forma agradable y divertir también a las personas de la corte que iban a visitarla, cosa que la jovencita lograba a la perfección”. Élisabeth conservó siempre un recuerdo intenso de los años pasados en la corte francesa, y no pasó jamás por alto ninguna ocasión de agradecer sus favores a Luis XIV, rememorándolos incansablemente en las dedicatorias de sus obras, con emoción y reconocimiento, hasta la muerte del rey. En 1684 la joven se casó con el organista Marin de la Guerre y dejó el mundo dorado de Versalles para marchar a París, donde muy pronto dio lecciones particulares y conciertos muy elogiados: “El mérito y la fama de Mme. de la Guerre no dejaron de ir en aumento en esta gran ciudad, y todos los grandes músicos y entendidos acudían diligentemente a oírla tocar el clave”.
Sin embargo, las primeras composiciones conocidas de Élisabeth Jacquet no fueron escritas para clavecín, sino que son obritas dramáticas representadas en la corte, como aquella pequeña ópera cantada en julio de 1685 en la residencia del Delfín, y en los aposentos de Madame de Montespan el mismo mes, o una pastoral representada en varias ocasiones ante Luis XIV. La propia Élisabeth Jacquet recordará una obra ofrecida en el domicilio del Delfín y “la fama y el renombre que [me] supuso aquella novedad, incluso en países extranjeros. Todas esas ventajas —añade— fueron señales indudables del éxito inesperado de aquel intento mío”. La compositora alude también al encargo de un divertimento para la boda de Mademoiselle de Nantes con el duque de Borbón, celebrada el 24 de julio de 1685, aunque escribió decepcionada: “A pesar de haberla acabado con tiempo suficiente, la suerte no quiso que sirviera para celebrar aquella solemne fiesta”. Todas esas obras han desaparecido. Sólo queda un libreto manuscrito titulado Jeux à l’honneur de la victoire, que data probablemente de los años 1691-1692. La dedicatoria sugiere que, aunque no se trataba de la primera obra ofrecida por ella a Luis XIV, fue la primera destinada al público: “Desde mi más tierna edad (y este recuerdo será para mí eternamente preciado), tras ser presentada ante vuestra ilustre corte, donde he tenido el honor de permanecer durante varios años, he aprendido, Señor, a dedicaros todas mis vigilias. Desde aquel momento os dignasteis acoger con agrado las primicias de mi genio y habéis tenido a bien recibir, además, a partir de entonces algunas de mis obras. Pero esas señales privadas de mi devoción no me son suficientes y ansiaba la feliz ocasión de poder daros muestras públicas de ella. Eso es lo que me ha llevado a componer este ballet para teatro”.
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