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El viajero que visite hoy Palermo seguirá sintiendo la fuerte impresión de hallarse en una capital de historia milenaria. Si el viajero es un apasionado de la música, tras haber rendido homenaje al Teatro Massimo y a los instrumen-tistas árabes que decoran el techo de la Capilla Palatina medieval, intentará identificar en el tejido urbano los signos de la época que produjo al mayor compositor de ópera europeo antes de Händel: Alessandro Scarlatti
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La vocación teatral fue innata en Alessandro, hijo del músico Pietro Scarlata, adoptado tras la muerte de su padre por el compositor Marcantonio Sportonio y descendiente por línea materna de Vincenzo Amato, que había sido maestro de capilla de la catedral de Palermo y era uno de los músicos más representativos de la isla. Aunque no conozcamos nada acerca de su infancia, sabemos que la familia Scarlatti se trasladó a Roma en 1672 y que, seis años después, Alessandro marchó a vivir con su mujer, Antonia Maria Vittoria, en el palacio del arquitecto y escultor Gian Lorenzo Bernini, el gran protagonista del Barroco romano. Es también posible que, gracias a la influyente protección del artista napolitano, Scarlatti iniciara una rápida carrera al servicio de las iglesias y familias cardenalicias más importantes, hasta ser descubierto e invitado por la reina Cristina de Suecia a formar parte de su espléndida corte romana. Su primera ópera, Gli equivoci del sembiante, fue un triunfo, seguido por lo menos de otras cinco óperas que se representaron en Roma hasta 1683, además de oratorios, cantatas y música religiosa.
A los veintitrés años, Alessandro estaba considerado ya como uno de los compositores más importantes de Italia, y algunos de sus protectores le ayudaron en el ambicioso proyecto de partir a la conquista de una de las principales plazas teatrales de la época: Nápoles.
En el diseño urbano de esta capital del sur es posible seguir, una vez más, la trayectoria del Barroco, en el que Alessandro Scarlatti dejó una huella indeleble. Según los más recientes historiadores del arte, el Barroco romano, representado por la estética efímera de la fiesta, no se introdujo en Nápoles hasta la llegada desde Roma, en 1683, del nuevo virrey, el marqués Del Carpio, a cuyo séquito se unieron, junto con los músicos encabezados por Scarlatti, los dos hermanos Filippo y Giovanni Paolo Schor, arquitectos y decoradores herederos de Bernini. Del Carpio había conocido, a su vez, a todos esos artistas gracias al príncipe Lorenzo Onofrio Colonna, Gran Condestable del reino, que se hallaba en Roma cuando Del Carpio era embajador español ante la Santa Sede.
Alessandro Scarlatti llegó oficialmente a Nápoles para asumir allí la dirección del teatro de ópera de San Bartolomeo, donde se representaban ya sus óperas. Pero al cabo de pocos meses fue contratado como maestro de la Capilla real del palacio junto con algunos de los músicos colaboradores suyos. Aquel nombramiento, decidido por el virrey sin respetar las costumbres, desencadenó una vehemente protesta de los músicos de la Capilla, que apoyaban la elección del napolitano Francesco Provenzale, de sesenta años. Seis de ellos se despidieron de la Capilla y fueron sustituidos de inmediato por músicos romanos llevados por Scarlatti. Aquella fue la muestra más llamativa de la actitud ajena de Scarlatti, calificado como il Palermitano, hacia los mecanismos del cerrado mundo musical napolitano representados por Provenzale. Sin embargo, transcurridos menos de diez años, cuando Alessandro comenzó a ausentarse cada vez más a menudo de Nápoles para atender a los encargos internacionales de sus obras, su sustituto como vicemaestro fue precisamente Provenzale.
Aunque seguía en estrecho contacto con sus mecenas de Roma, Scarlatti pareció no obstante ambientarse bien en la ciudad de la sirena Parténope hasta cerca de 1700, gracias también al extraordinario impulso dado a las artes y los espectáculos por el virrey Del Carpio. Escribió composiciones religiosas para numerosas iglesias de la ciudad, serenatas y cantatas conmemorativas para las fiestas estivales y, sobre todo, treinta óperas que difundieron su nombre por toda Europa y permitieron por primera vez a Nápoles rivalizar con Venecia como capital de la ópera.
Como consecuencia de la guerra española de Sucesión, a raíz de la muerte del soberano Carlos II, Alessandro comenzó a inquietarse a partir de 1701 y mirar a su alrededor con la idea de buscar otros puestos de trabajo para sí y, sobre todo, para su hijo Domenico, nacido en Nápoles en 1685 y destinado a convertirse también él en un gran protagonista de la música europea. Las biografías artísticas de los dos Scarlatti estuvieron imbricadas tan estrechamente, a veces de manera incluso desfavorable, que el estudioso Roberto Pagano las ha definido como “dos vidas en una”.
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