Partita
Biber había nacido en 1644 en Wartenberg (actualmente Straz pod Raskem), a unos 80 km al norte de Praga. Es poco lo que se sabe acerca de sus estudios aunque se supone que, en su ciudad natal, tomó algunas lecciones con el organista Wiegand Knöffee, que se perfeccionó en el Gymnasium jesuita de Bohemia y que, a comienzos de la década de 1660, conoció a Pavel Vejvanovsky, que también estudiaba allí, y que más tarde lo ayudaría a conseguir su primer trabajo musical de importancia. Hasta 1668, Biber estuvo al servicio del Príncipe Johann Seyfried Eggenberg, en Graz (donde también estaban empleados Philipp Jakob Rittler y Jakob Prinner, dos músicos bastante importantes en su época, de quienes se hizo amigo) y ese año fue nombrado valet de chambre y músico de Karl Liechtenstein-Castelcorno, obispo de Olmütz, en la pequeña ciudad de Kremsier (hoy Kromeriz, en la República Checa), donde Vejvanovsky era maestro de capilla. Allí tomó contacto, entre otras cosas, con la música de Johann Heinrich Schmelzer —en particular sus balletti—, que era sumamente valorada en la corte. En poco tiempo empezó a ser considerado por quienes lo conocían, y entre aquellos a quienes les llegaban su nombre o sus composiciones para violín, como el más grande virtuoso de su tiempo. Se decía que tocaba en el violín lo que ningún otro podía y parte de su secreto estaba en la scordatura. Al cambiar la manera de afinar el instrumento lograba, en efecto, tocar pasajes que de otra manera serían imposibles. En el verano de 1670, su patrón lo envió a Absam para negociar con el célebre constructor Jacob Stainer la compra de violines para su ensemble. Biber salió de su ciudad pero nunca regresó y en lugar de ir a ver a Stainer se dirigió a Salzburgo, donde consiguió entrar en la corte de Maximilian Gandolph von Khuenburg, arzobispo de Salzburgo. Liechtenstein se sintió ofendido, obviamente, pero en razón de su amistad con el arzobispo Khuenburg, decidió no tomar represalias y se contentó con esperar seis años para firmar un documento que liberaba oficialmente de sus servicios a Biber. El músico, para congraciarse, mandaba periódicamente algunas de sus obras a Kromeriz, donde se conserva la mayoría de sus manuscritos. Tanto estas composiciones como las que ofrecía a su nuevo patrón (en muchas ocasiones las mismas eran dedicadas a uno y otro) eran, sobre todo, composiciones instrumentales. Las grandes obras religiosas para la catedral estaban, en su mayoría, a cargo del maestro de capilla Andreas Hofer, de quien era adjunto, hasta su muerte en 1684.
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El placer (el “hedonismo del lector” del que hablaba Borges) está sin duda presente en la música de Biber. Es posible adivinarlo en el compositor y en sus improvisaciones sobre el instrumento, y también comprobarlo en sus intérpretes actuales y en quienes los escuchan.
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Lecturas
The Life and Opinions of Tristam Shandy, Gentleman, publicada por Laurence Sterne en 1760, es una novela extraña. Apenas comenzada, irrumpe en ella una digresión que dura cientos de páginas. Luego, Sterne retoma tranquilamente el hilo como si nada hubiera sucedido. Vista durante años como una especie de disparate o, al menos, como un error gigantesco, las vanguardias del siglo XX encontraron en ella una precursora genial y comenzaron a leerla (y a dirigir las lecturas ajenas en ese sentido) como una de las obras maestras de la literatura.
La idea de que la lectura se impone a la obra —de que, incluso, la construye—, está más aceptada en el campo de la literatura que en el de la música. A nadie se le ocurriría, en la actualidad, leer la correspondencia de Kafka como meras comunicaciones epistolares de noticias y pensamientos más o menos íntimos. Hoy esas cartas se han convertido en literatura y poco importa, en todo caso, cuál haya sido la intención original del autor en cuanto a ellas. En cambio, muchas malas óperas serias que podrían tener un buen pasar en los teatros como buenas óperas cómicas, con sus hilarantes llantos y sus disparatadas muertes de amor, directamente han quedado fuera del repertorio. O, lo que es considerablemente peor, continúan circulando, como si nada hubiera sucedido, como óperas serias. Las intenciones del compositor siguen considerándose, en este ámbito, como una visión calificada e insustituible acerca de la obra. Es imposible escuchar en las sinfonías de Tchaikovsky algo de lo que Tchaikovsky creía que ponía en ellas (por no hablar de los poemas sinfónicos y de toda esa descriptividad fallida) pero, sin embargo, las discusiones acerca de si ese compositor estaba o no deprimido en el momento de escribir la Patética, de si su muerte fue o no intencional, y de la posible relación entre estas dos cuestiones, ha ocupado numerosas páginas. El tema de hasta dónde una lectura contemporánea redefine una obra es, en todo caso, particularmente relevante en el caso de Biber, un músico considerado genial en el siglo XVIII y también en la actualidad pero, en parte, por motivos diferentes.
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