Las ocasiones en las que interviene una historiografía poco científica, resultan una fuente de confusión, se desdibujan los hechos, crean falsas ideas que acaban acuñándose como verdades.
El caso de Palestrina es uno de ellos. Al respecto, suele afirmarse que, en consonancia con los dictados del Concilio de Trento, el Viernes Santo de 1555 el Papa Marcello II envió a los cantores de la Capilla pontificia (de la que Palestrina formaba parte) una admonición donde ordenaba la selección de obras corales adaptadas al carácter específico de la celebración, así como la exigencia de una mayor atención en la clara enunciación de los textos: el propósito no era otro que facilitar su comprensión al oyente y, de esta suerte, evitar que la feligresía desatendiera el contenido espiritual de los textos en bien del “deleite” musical.
En esta nueva propuesta tuvieron una especial incidencia Carlo Borromeo y Vitellozo Vitelli, cardenales encargados de revisar las reglas de dicha Capilla romana, cuyos esfuerzos se redoblaron a mediados del siglo XVI para conseguir una coherencia doctrinal y moral que desembocó en la Contrarreforma. |
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