|
Al mismo tiempo, acomplejado por los pocos compositores hispanos que conocía, buscaba sin realmente poderla encontrar, una música de la misma calidad de la de mis amigos franceses, alemanes o italianos, y que sirviera a un violinista español como carta de presentación “patriótica” digna para aquellos eventos estudiantiles dominados, y con razón, por obras y autores europeos. En mi primera audición “patriótica” toqué la famosa Follia di Spagna corelliana, pieza sin duda maravillosa pero que de español no tenía más que el título, por lo que en la siguiente ocasión reivindicativa, y decidido a hacer música que siendo española estuviera al nivel de las obras maestras que todos estudiábamos, me decidí, a pesar del nacimiento en la toscana Lucca de su autor, por el hermoso Trío op. 34/2 en Sol mayor para dos violines y violoncelo que Boccherini había escrito en 1781 después de llevar viviendo en España quince años. Había reincidido en el nacimiento no hispano del autor, pero ahora sí que podía decir, y así lo notaba a lo largo de sus cuatro movimientos, que verdaderamente estaba tocando música española. Podrán sonar un tanto sentimentales estas palabras, pero las clases, los ensayos previos y la interpretación de aquel trío resultaron para mí el feliz descubrimiento de una tradición musical hasta entonces escondida, de un lenguaje y unos colores que, de pronto, reconocía como propios a la luz de una manera nueva de interpretar la música del pasado. No sabía entonces –y quizás tampoco lo sepa claramente aún– qué era aquello que en la música de Boccherini me hacía evocar el aire de las calles de mi Madrid natal que él había paseado doscientos años antes, el color de su cielo, el de Aranjuez, La Granja y cuantos lugares de la Península en los que el músico, integrado en ellos, había vivido con la misma intensidad que sus nativos.
También por entonces, y gracias a la explosión que supuso en el mundo discográfico la aparición de una nueva manera de interpretar y oír la música del pasado, con la consiguiente regrabación de un inmenso repertorio aún por redescubrir, cayeron en mis manos un par de LP’s que me llamaron profundamente la atención por la novedad y frescura de su sonido y estilo, y que me empujaron a, primero, descubrir la música “real” de Boccherini y, luego, a dedicarme a ella con un interés particular y prioritario: por un lado un registro de Telefunken/Teldec con los 6 Cuartetos op.32 a cargo del Cuarteto Esterházy de Amsterdam, conjunto que lideraba mi entonces maestro Jaap Schröder; por otro, un álbum de Seon conteniendo los 6 Quintetos op.29 interpretados por Sigiswald y Wieland Kuijken, Alda Stuurop, Lucy van Dael y el violoncelista Anner Bijlsma, quien un par de años más tarde grabaría también para Seon un excelente disco con sonatas de violoncelo de Boccherini, de enorme impacto en aquellos días, sobre todo entre los músicos prácticos.
|
|
|
|