El ímpetu por el estudio
Es innecesario referir que la imprenta fue decisiva para la cultura en la Europa humanista. En el siglo XVI la producción de libros aumentó en tal grado, que muchos lamentaron el crecimiento de los talleres de impresión. Lutero llegó a denostar la invención de Gutenberg, y alegó que la imprenta se había convertido en “una sirvienta de la ignorancia”. Todavía en el XVIII el irónico Lichtenberg hacía escarnio de este fenómeno, aduciendo que lo peor de un buen libro es su capacidad de generar miles de obras malas... Se propagaron las ferias, las subastas, las tiendas en las que se hacinaban ejemplares de todas las disciplinas, recetarios, almanaques. El propio Bach participó en 1742 en una de dichas subastas y compró una recopilación de escritos de Lutero.
Debe tenerse en cuenta que en el mundo luterano, y más con la llegada del pietismo, la incitación a la lectura fue una prioridad para la formación del espíritu, de ahí que no sea anecdótico el alto grado de alfabetización que alcanzó Alemania. Desde luego, el pietismo, movimiento de suma trascendencia que a finales del XVII revisó el luteranismo más ortodoxo y apostó por un sentido más hondo de la piedad y la moral –incidiendo con ello en una vida de mayor contemplación y recogimiento–, indujo a la meditación y tuvo entre sus prioridades, cabe señalarlo, el fomento de la lectura. Es de notar que el ochenta por ciento de los inventarios alemanes acogía relaciones de libros, un porcentaje que desciende en la Francia católica, en la década de 1750, hasta el veinte por ciento1. Lutero, en la carta A los magistrados de todas las ciudades alemanas (1524), ya señalaba que no debía regatearse el dinero para contar con buenas bibliotecas y librerías. Bach pertenecía a esta tradición, de modo que no debe sorprender que tuviera su propia y estimada biblioteca. Para entonces, las bibliotecas privadas eran espacios destinados a la generación de sentido, instrumentos de irreemplazable valor que facilitaban el acceso a las claves del saber. Mapas celestes, obras morales, tratados de óptica y de música, manuales de botánica, retórica y anatomía contribuían a explicar el mundo, a observarlo.
El inventario efectuado a la muerte del músico nos remite a poco más de ochenta títulos. Sin embargo, resulta inverosímil que un hombre de tan inquieta personalidad sólo tuviera libros teológicos y de espiritualidad, como testifica dicha relación de obras. P. Spitta sugirió que los hijos del maestro, sobre todo Wilhelm Friedemann y Carl Philipp Emanuel, retiraron una buena parte del material y dejaron en los estantes los libros que a su entender parecían menos interesantes2. Pero R. Chartier3 avisa de algo importante: muchos inventarios extendidos antiguamente llamaban a engaño porque, o bien no contaban a ojos de los tasadores por su bajo precio, o por la exigüidad de los volúmenes, pese a su posible importancia. Lo que no cabe poner en duda es que el compositor fue un hombre de gran curiosidad intelectual, una mente increíblemente rápida –como lo demuestra su música– que no podía vivir ignorante de una realidad muy determinada por los decisivos descubrimientos y las ideas surgidas entonces.
En la Necrológica bachiana se señala que por “su extraordinario ímpetu por el estudio [...] permanecía trabajando noches enteras”4. Su insistencia en la lectura se percibe en la cantidad de glosas que se conoce contenían sus libros, tal es el caso los ejemplares de Abraham Calov (o Calovius), de quien Bach poseía la Gran Biblia Alemana (Grosse Teütsche Bibel) en tres volúmenes (1681-1682), adquiridos en 1733. En cuanto a los textos luteranos que compró en la subasta de 1742, estampados como Magníficos escritos en alemán del doctor Martín Lutero, que en gloria esté (Teütsche und herrliche Schrifften des seeligen Dr. M. Lutheri), fueron, como sugiere el propio compositor, los utilizados por Calov para el comentario de su Biblia. En una factura autógrafa Bach, anota:
Estos magníficos escritos alemanes de D. M. Lutero (provenientes de la biblioteca del gran teólogo y General-Superintendent de Wittenberg D. Abrah. Calovius, de los que probablemente compiló su gran Biblia alemana, y que pasaron tras su muerte a las manos del igualmente gran teólogo D. J. F. Mayer) los he adquirido en subasta por diez táleros el año de 1742, en el mes de septiembre. Joh: Sebast: Bach5.
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