Al ser uno de los pocos intérpretes que han cantado muchas obras de ambos compositores, me gustaría aprovechar esta oportunidad para hablar en favor de Leonin, y espero dar una idea del carácter interesante y creativo de esta música, no sólo en relación con la de Perotin, sino también como obra singular y merecedora de nuestro aprecio por sí misma.
Nos resulta muy difícil imaginar un mundo musical donde las notas marchaban una tras otra y no sonaban de manera simultánea, un mundo con melodías pero sin armonías, con formas melódicas pero sin ritmo. Nuestro mundo musical es tan rico –algunos dirían tan contaminado– que asimilamos a diario, casi sin percatarnos, miles de notas de distintos tipos. Los CDs, la radio y la música de fondo han contribuido a ello, pero sólo son las manifestaciones más recientes de una evolución singular que viene desarrollándose en Occidente desde hace más de mil años: nuestra necesidad de experiencias musicales en múltiples estratos. Esperamos oír armonías, y de este principio básico deriva casi todo cuanto damos por descontado sobre lo que es en realidad la música. Aunque no sea absolutamente cierto que ninguna otra cultura conozca la polifonía, la verdad es que sólo en Occidente ha evolucionado bajo la forma de un proceso tan complejo.
La “armonía” más temprana
La historia de la música europea comienza con cantilenas tomadas del judaísmo al servicio de los nacientes ritos cristianos. Aunque, tal vez, deberíamos dar a este estadio el nombre de prehistoria: ninguna de aquellas músicas se puso por escrito, y no nos hacemos mucha idea de cómo pudieron haber sonado. A medida que el número de fundaciones monásticas aumentaba por toda Europa durante el primer milenio, comenzó a tomar forma un cuerpo grande y variado de canto llano: miles de cantos y miles de tradiciones interpretativas locales. Los monasterios eran centros de alfabetización y un crisol de conocimientos eruditos, y no es de extrañar que la música se integrara en la cultura escrita. Los primeros intentos de llevar la música al papel resultan imposibles de descifrar; eran recursos mnemotécnicos para monjes que conocían los cantos pero necesitaban, llamémosle así, un recordatorio, pues el número de piezas había llegado a ser demasiado grande como para retenerlas en la mente, y no hallamos informaciones extensas sobre las propias notas hasta el momento en que fue necesario transmitir la música –cuando hubo de ser leída por cantantes que no la conocían de antemano–.
El hecho de poner algo por escrito, en especial en una sociedad mayoritariamente analfabeta, le otorgaba una permanencia y una autoridad que podían ser de mayor peso que el de su propósito original. La tradición del canto llano fue un objetivo para los teóricos y los representantes del poder religioso casi desde el principio: los primeros, insistían en la manera supuestamente correcta de hacerlo; los segundos, deseaban eliminar las tradiciones locales en beneficio de un conjunto de materiales que contaban con la aprobación central y que todos podían utilizar de manera similar.
|
|
|
|