El empuje de los reinos cristianos del norte, nostálgicos de la poderosa Toledo visigótica, encuentra un fermento providencial en el descubrimiento del cuerpo de Santiago en Compostela. Sin embargo, la unidad en la voluntad de Reconquista se rompe ante el aumento de los territorios ganados en el sur y Castilla y Aragón se escinden a comienzos del siglo XI. Al mismo tiempo, las necesarias alianzas políticas y sobre todo las peregrinaciones abren la tierra hispana a Europa por medio del “camino francés”. Castilla, en primera línea de la Reconquista, anexiona Toledo en 1085, y más tarde, aunque momentáneamente, Valencia (con el legendario Cid). Aragón hace lo mismo con Zaragoza, pero para ambos reinos los problemas de sucesión y los coletazos de la resistencia del Islam complican y retardan el avance. A finales del siglo XIII, con la toma de Córdoba (1262) y la relegación del Islam durante dos siglos al extremo sur de la Península, en el reino de Granada, la España cristiana adquiere un aspecto que se reflejará curiosamente en este rey sabio, Alfonso X de Castilla: brillante poder cultural y debilidades políticas y sociales que darán motivos para hablar de una hipotética edad de oro.
Alfonso X: poeta, sabio y rey
Cuando Alfonso X sube al trono de Castilla en 1252, su estado es el más vasto de la Península, y sólo Aragón, tres veces menor, le disputa la supremacía. El hábil juego de alianzas del rey Alfonso VIII, desposando a sus cuatro hijas con los reyes de León, Portugal, Aragón y Francia (Blanca de Castilla) había consolidado esta posición. El padre de Alfonso X, Fernando III, fue primo de San Luis y él mismo fue también canonizado.
La población de Castilla era entonces de casi cinco millones de habitantes de los que una gran parte eran mudéjares (musulmanes) y judíos. Alfonso X deja que la nobleza se beneficie de importantes privilegios: los ricos hombres, primogénitos de las familias nobles cuyas riquezas son indivisibles, a menudo ligados directamente al servicio del rey, dominan a los más modestos hidalgos; y a los más humildes caballeros. Los nobles dominan también en la administración local, incluido el plano militar, y la centralización de los poderes, elemento de poder de los hispanoárabes, es algo desconocido para el reino cristiano de Castilla.
Alfonso nació en Toledo el 23 de noviembre de 1221 y sucedió a su padre a la edad de 31 años. Se reveló entonces mucho más preocupado por alimentar el territorio de Castilla a expensas de sus vecinos y de consolidar su prestigio en Europa (hasta el punto de soñar con un Imperio), que por la gestión política y económica interna del reino. Sus luchas incesantes lo empobrecieron y levantaron en su contra a la poderosa nobleza. En el seno de su propia familia encontró graves dificultades. El heredero del trono muere en 1275 y Alfonso X no puede oponerse, a pesar de un testamento en el que lo deshereda, a la toma del poder por parte de su hijo Don Sancho el Bravo, en detrimento de sus sobrinos. A la muerte de Alfonso X en 1284, la monarquía castellana se verá obstaculizada durante casi dos siglos por las luchas dinásticas y Castilla no recobrará su prestigio político hasta los Reyes Católicos.
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