Cristóbal de Morales
Morales es el representante más destacado de lo que algunos han dado en llamar “escuela andaluza”, aunque tal vez no sea el más significativo. Sevillano de nacimiento, de muy niño pudo estudiar, o al menos recibir los consejos de Pedro de Escobar, que fue maestro de capilla de la catedral de Sevilla entre 1507 y 1514, y de Francisco de Peñalosa, canónigo de dicha catedral, a quienes se considera los primeros representantes de la “escuela”. Aunque se ignora el tipo de relación que hubo entre Peñalosa y Morales, el estilo del primero es afín al del segundo, que también debió relacionarse con Pedro Fernández de Castillejo, sustituto en 1514 de Escobar al frente de la capilla de la catedral sevillana. Sea como fuere, en agosto de 1526 Morales había abandonado su ciudad natal, dado que en aquel mes asumió el puesto de maestro de capilla de la catedral de Ávila. Dos años más tarde se trasladó a Plasencia y desde allí, hacia fines de 1531 o principios del año siguiente, pasó a Italia, primero probablemente a Nápoles y luego a Roma, ingresando al servicio del coro papal en 1535. Allí, en Roma y al servicio de Pablo III, un papa amante de la música y protector de los miembros de su capilla, Morales permaneció por un periodo de diez años. Ni era el único español que formaba parte de un coro que desde hacía más de un siglo contaba con españoles, ni tampoco sería el último. El mismo Peñalosa formó parte suya por cuatro años, bajo el pontificado de León X, por lo que no sería extraño que hubiese sido él quien primero le mencionase las excelencias de trabajar en un ambiente estimulante, gracias a la presencia en la prestigiosa institución de colegas ilustres. Durante los años en los que Morales sirvió en el coro coincidió, por ejemplo, con Constanzo Festa y con Jacques Arcadelt, a instancias del cual en 1539 publicó una de sus escasísimas obras de tema profano, el madrigal Ditemi o si o no senza timore, incluido en el Quarto Libro dei Madrigali d’Archadelet ...con alcuni d’altri autori (Venecia, 1539). Se dice que Morales escribió otro madrigal italiano, un villancico y un romance de género profano, pero al margen de estas piezas y de alguna otra su relación con el género quedó limitada a tres melodías que utilizó como canti firmi en otras tantas Misas suyas: la del villancico Tristezas me matan y las célebres de L’homme armé y Mille regretz, cuyo uso por parte de Morales debe entenderse como un tributo a la escuela franco-flamenca.
Si la Missa Tristezas me matan nunca conoció la imprenta hasta tiempos recientes, tanto la Missa L’homme armé como la Missa Mille regretz forman parte de su Missarum liber primus (Roma, 1544), editado el mismo año que el Missarum liber secundus, que Morales dedicó a Pablo III (el primero lo dedicó a Cosme de Médicis). La dedicatoria es bien conocida, por cuanto contiene un sorprendente manifiesto por parte de su autor a favor de la música sacra. Observa Morales que la Música es la primera entre todas las artes, dado que sirve de alivio tanto al cuerpo como al alma, a la que eleva hacia Dios alejándola de los malos espíritus. A pesar de lo cual le resulta asombroso el que “la mayoría de los mejores músicos, en especial de nuestra época, se sirvan de ella para necedades, cuando no obscenidades, siendo muy pocos los que la utilizan para aquello para lo cual fue dispuesta”. Tras lamentarse por el destino de arte tan “eximia y excelsa”, se propone en adelante empeñar todo su esfuerzo en el estudio de la Música, a fin de restituirla en su sitio mediante el canto de loores divinos.
Y así fue, en efecto, puesto que la siguiente recopilación de obras suyas que vió la luz fue el Magnificat... liber primus (Venecia, 1545), que añadía otras seis composiciones del género a las diez que había publicado con anterioridad (Venecia, 1542). Le siguieron multitud de motetes sacros, hasta completar una colección que se eleva en la actualidad a unas cien piezas, varias Misas, y un juego de cuatro lamentaciones editado en fecha póstuma (Venecia, 1564), al que se suma otra manuscrita que se conserva en la catedral de Puebla (Méjico). Sólo una parte de estas obras fueron creadas en Roma, ciudad que Morales abandonó en 1545 para convertirse al poco tiempo en maestro de capilla de la catedral primada de Toledo. De allí pasó en 1548 al servicio del duque de Arcos en Marchena (Sevilla), y tres años más tarde al de la catedral de Málaga, siempre en calidad de maestro de capilla. Son cambios que obedecen más a la búsqueda de una estabilidad económica que al de una fama que gozó tanto en vida como después de muerto, gracias a la difusión de sus publicaciones y a la calidad de una música sobre la que dijo un contemporáneo suyo, Juan Bermudo, que poseía el encanto del sonido de la música española, pero que no por ello adolecía de falta de profundidad o del artificio técnico que caracterizaba a la música extranjera, léase la franco-flamenca (Declaración de instrumentos musicales, Osuna, 1555).
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