|
El aficionado más célebre era Bernardo Rossi, obispo de Treviso, donde el pintor conoció sus primeros éxitos. Allí reinaba una intensa actividad intelectual, de la que es testimonio la importante actividad editorial que tenía lugar, a la cual Lotto debe quizá esa erudición del ornato, ese gusto personal por las lecturas ocultas que esmaltan sus mejores retratos. Treviso era un centro humanista muy fecundo donde estaba presente el neoplatonismo: Marsilio Ficino hizo editar allí sus traducciones del griego. El sueño de Polifilo, biblia de todo humanista iniciado, se publicó en Venecia en 1499. Su autor era un monje trevisano, Francesco Colonna. Así pues, el pintor captó en Treviso la exigencia y la pasión por un esoterismo intelectual al que Bernardo Rossi, poseedor de una importante biblioteca, dio todo su esplendor. Su retrato (Nápoles, Galería Nacional de Capodimonte) marca la apoteosis del bello estilo veneciano, ese estilo glaseado y virtuosista de Antonello da Messina, de quien Lotto tomó incluso el encuadre del busto adelantado, al que añade el nerviosismo plástico de Durero. El retrato de un allegado de Rossi, el canciller Broccardo Malchiostro, presunto modelo de El joven de la lámpara (Viena, Kunsthistorisches Museum), data también de esta notable época en la que la pericia técnica del pintor se centró en el retrato de hombres de letras. La lámpara del cuadro, apenas perceptible, en el límite de lo visible, llena de sentido en un alarde de tecnicismo: la llama, emblema del poema pictórico sobre el tema de la precariedad de la condición humana, ilustra una vez más la fragilidad de la vida.
Durante su estancia en Bérgamo, de 1513 a 1523, Lotto realizó retratos de personas notables, alegorías de la fidelidad conyugal preparatorias de los grandes retratos de madurez, los de finales de la década de 1520, cuando el pintor había cumplido cuarenta años. Así, en 1527, cuando Willaert accede, según hemos dicho, al cargo más prestigioso que podía ocupar un músico en Venecia, Lotto, de vuelta a la ciudad, pinta dos retratos de calidad indiscutible, tan perfectos como diferentes en la pincelada, la técnica, el espíritu y su concepción. Uno es de una precisión sombría, sutilmente melancólica; el otro deslumbra por la opulencia de su materia, que delata una voluntad exhibicionista. La creación de estas dos obras maestras en momentos tan próximos es todo un logro.
El Gentilhombre en su gabinete, llamado también del lagarto (Venecia, Accademia), es un frío análisis de un ser decepcionado por el amor. Ése es el sentido del lagarto, ligado a la divisa de Federico Gonzaga, que significaba la desilusión de un amante traicionado. Los pétalos de rosa esparcidos hablan de la fugacidad del placer amoroso, de la inconstancia e inevitable desaparición del amor. Este hombre melancólico, ¿ha renunciado a los placeres del mundo para dedicarse únicamente a ese libro de cuentas que está consultando? La decepción, el fracaso, las duras pruebas de la vida llevan a un retraimiento solitario próximo a la sensibilidad del pintor. En la obra hay cinismo y refinamiento.
El mundo profano de Lotto pinta un universo compartido por los madrigalistas flamencos del siglo XVI residentes en Italia, cuya obra reformadora tenía acentos muy innovadores en la época de las últimas obras del pintor, en especial a partir de 1550, sobre todo cuando en 1555 Philippe de Monte y Orlando di Lasso publican sus colecciones de madrigales.
Jacques Arcadelt permite igualmente atisbar el clima musical de Lotto. El arte madrigalesco de Arcadelt, sencillo y nostálgico, cristaliza durante la década de 1550 en un primer clasicismo poético en el que la fluidez melódica prima sobre la ilustración musical de los poemas. Jacques de Wert, director musical en Mantua, ejemplifica los últimos modos de composición del madrigal italiano: cierta expresividad personal recuerda a Lotto y prefigura ya a Gesualdo en cuanto que su trabajo sobre la declamación, todavía polifónica, prepara las investigaciones sobre la inteligibilidad que llevará a cabo la Camerata Florentina. Su Libro Octavo, aparecido en 1581, combina un contrapunto complejo que no impide poderosos momentos expresivos.
|
|
|
|