| Van Dyck (1599-1641) surge en la primera mitad del siglo XVII como un fulgurante cometa, un raro prodigio. A los diecisiete años abrió su propio taller en Amberes. A los diecinueve trabajaba con Rubens, mayor que él, el pilar de la escuela flamenca, de quien fue más colaborador (y el de mayor talento) que discípulo. La ruptura con su mentor y la plenitud de un estilo específico tuvieron lugar tras una estancia en Italia, de 1621 a 1626.
En el retrato de un laudista, probablemente Jacques Gaultier (que trabajó en la corte inglesa de 1617 a 1647) Van Dyck, en plena posesión de su oficio, celebró la presencia de un músico francés en la corte inglesa. La obra revela una sensibilidad italiana en la carrera del pintor, mientras en la del músico confirma la presencia del tiorbista en la cúspide de su fama. Pintura y música armonizan para celebrar dos sensibilidades que habían alcanzado su madurez.
Los aficionados ingleses apreciaban el arte francés del laúd desde Jacobo I. Van Dyck coronó con su obra una corriente de sensibilidad musical. El cuadro es posterior a la llegada del pintor a la corte, en 1632, cuando Carlos I lo nombró caballero y pintor oficial. |
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