La cancion de la Sibila
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La cancion de la Sibila
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LA CANCION DE LA SIBILA


El fin del mundo

A los habitantes europeos de hacia el año 1000 no les faltaban razones para sentirse pesimistas. Hambre y desolación presidían la vida cotidiana en un mundo en pleno retroceso cultural tras el renacer carolingio. En tal situación cualquier desastre de la naturaleza o cualquier fenómeno astronómico, como un eclipse o el paso de un cometa, no podía sino ser interpretado como un signo más de la cólera divina. Desvelar su sentido era tarea que correspondía a los sacerdotes, y a éstos no les fue difícil hallar en los textos bíblicos, y en particular en el Apocalipsis, la clave que justificase todo cuanto de negativo ocurría en el mundo.

Siguiendo el tono de los oráculos paganos, y el de la literatura hebraica sobre el vaticinio del fin del mundo, San Juan describe en el Apocalipsis el drama cósmico que deberá producirse tras la apertura del séptimo sello. Después de un gran silencio, siete ángeles hacen sonar uno tras otro la trompeta, y a cada toque se desencadena un cataclismo. Tras el séptimo toque se produce la lucha de Cristo contra la Bestia (Satán), que es vencida y encadenada en el abismo por mil años. Una vez transcurridos, la Bestia es liberada pero vuelve a ser vencida: entonces se produce la segunda resurrección de los vivos y los muertos que precede al Juicio final. Si el periodo de mil años referido se interpreta en un sentido literal, se sigue que en el año 1000, ó en el 1033, coincidiendo en el primer caso con el nacimiento de Cristo y en el segundo con su muerte, tenía que producirse la liberación de Satán e iniciarse así el camino hacia el fin de los tiempos.

Para los defensores del milenarismo los males que asolaban al mundo en torno al año 1000 no eran sino fruto de la liberación de Satán, y como prosiguieron una vez pasada la fecha pensaron en consecuencia que la segunda resurrección ocurriría poco después, al cumplirse mil años de la resurrección de Cristo. Obviamente el tiempo no les dio la razón, y es así como acabó arraigando la opinión de San Agustín, según el cual los mil años a los que se refiere el Apocalipsis equivalen a un periodo de tiempo indefinido en el que se impone el reinado temporal de la Iglesia.

Si es que lo hubo, la desaparición del temor psicológico a un peligro inminente no supuso en la comunidad cristiana occidental el desvanecimiento de la idea del Juicio final, que de hecho había ido tomando cuerpo poco a poco desde principios del siglo VI. Ausente en los inicios del cristianismo, las primeras imágenes que lo representan son fruto de la aparición de una creencia esperanzadora para algunos (la salvación) y amenazante para otros (la condena eterna), cuyo enorme potencial pedagógico fue muy bien manejado por la Iglesia. Si desde el siglo IX los frescos y retablos que adornaban los recintos eclesiásticos empezaron a mostrar imágenes del día del Juicio, llegando a desplazar con el tiempo a las representaciones apocalípticas, dos siglos más tarde tuvo lugar la aparición del primer drama litúrgico de tema escatológico, el Sponsus.

El Canto de la Sibila

A diferencia del rápido desarrollo iconográfico que adquirió el tema del Juicio, la puesta en escena de este último no es anterior al siglo XIII, habida cuenta de la notable complejidad técnica que conlleva. Y es así como tuvo oportunidad de desarrollarse una pieza de mucha menor envergadura, que hizo su aparición en el marco de la liturgia justo cuando los temores del milenio empezaban a embargar el ánimo de las gentes. Nos referimos al Canto de la Sibila, cuyo primer testimonio (letra y música) es el de un manuscrito de fines del siglo IX o principios del X procedente del monasterio de San Marcial de Limoges (París, BN lat. 1154). Este manuscrito es una miscelánea que, además del Canto sibilino, lleva con música unos Versus de die iudicii (Versos del día del Juicio) que constituyen, junto con la composición anterior, el exponente de un cierto repertorio dedicado al tema que corrió suerte desigual.

La cancion de la Sibila
Beato de Liébana vivió en la segunda mitad del siglo VIII en Asturias, al norte de España. Fue autor de un Comentario al Apocalipsis, obra que tuvo gran éxito y que fue copiada una y otra vez en los monasterios. Pero si hoy recordamos a Beato de Liébana no es por su obra, sino por las extraordinarias miniaturas que adornan muchos de los manuscritos en los que su obra era copiada, pintadas por los propios monjes. Cuatro de esas miniaturas (de códices conservados en Madrid, Gerona y Valladolid) ilustran este artículo sobre el Canto de la Sibila, con quien tanto coincide el mundo apocalíptico y milenarista de Beato.
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