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En el siglo XII Henri d’Autun se hizo la pregunta: “¿pueden los juglares esperar alcanzar la vida eterna?” Y respondió: “desde luego que no, pues son los ministros del Diablo”
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Para otros, la música del Diablo es dulce, perturbadora, misteriosa, flota suspendida sobre la brisa para seducir a la mente. Para algunos, el Diablo y sus cómplices sólo saben emitir gritos discordantes y roncos; para otros, el Diablo puede ser un virtuoso cuyo arte supera el de cualquier ser humano, pero que a veces adopta forma humana en algunos instrumentistas selectos. Es indudable que todas las descripciones que poseemos son exactas, al margen de conjeturas. Quienes han escuchado la música del Diablo o se han topado con el Diablo músico, y quienes han sobrevivido lo bastante como para transmitir sus impresiones son siempre muy claros en sus afirmaciones y suelen darnos descripciones muy detalladas. La naturaleza misma del Diablo es la de asumir formas diferentes en función del tiempo y las circunstancias.
Los diablos más antiguos
El Diablo no ha dejado música escrita en la Edad Media: ¡sin duda se habría quemado el pergamino! En cualquier caso, escucharla habría sido demasiado peligroso. Sin embargo, estaba presente hace mil años y mucho antes. Mucho antes del Diablo de la Biblia, entre los sátiros, en forma de Pan, el dios antiguo inventor de la flauta y los instrumentos de lengüeta. O en la figura de Nimrod, el gigante cazador que hace sonar su cuerno, cuyo sonido, según Dante en su viaje al Infierno, es más terrible que el del cuerno de Rolando. O encarnado en las sirenas que tocan o cantan música seductora para dirigir a los marineros a sus tumbas acuáticas.
La flauta se asocia también con Mercurio, lo que da lugar a un simbolismo alquímico. En una obra del siglo IV, uno de los padres de la Iglesia describió este instrumento como el “símbolo de la serpiente”, el portavoz del Diablo. Se consideraba que los movimientos del instrumentista correspondían a las torsiones del Diablo: ¡todavía hoy encontramos esa clase de flautistas! Continuando con la mitología griega, podríamos situar a otro flautista, el sátiro Marsias, en el bando del Mal. Tras haber desafiado al dios Apolo, que tocaba la lira, y haber perdido la competición musical, fue desollado vivo.
En las pinturas en que aparecen los pecados mortales podemos observar que los instrumentos musicales están siempre presentes en las representaciones de la concupiscencia, uno de los terrenos favoritos del Diablo, desde los manuscritos medievales de la Psychomachia de Prudencio hasta los numerosos y extraordinarios cuadros del Bosco [imagen 1].
Entre los predecesores o primos de los músicos diabólicos deberíamos incluir a los elfos y enanos de los mundos celta y germano. A Oberón, por ejemplo, rey de los enanos y brujo temible. Cuando en la epopeya francesa medieval que lleva su nombre, Huon de Burdeos se encuentra con él en el inmenso bosque mágico que es su territorio, ve que lleva al cuello un maravilloso cuerno de marfil rodeado de bandas de oro: el instrumento fue hecho por hadas en una isla situada en medio del mar. El cuerno es un objeto mágico que se puede utilizar para pedir ayuda u obligar a la gente a bailar, lo que sugiere una comparación con otros personajes legendarios como el flautista de Hamelín, que se sirvió de su flauta para hechizar primero a las ratas y más tarde a los niños de su ciudad; o con los músicos en figura de esqueletos que dirigían la danza de la Muerte. Los enanos, como los diablos, viven bajo tierra, en el interior de las montañas, y aman la música y la danza: es el mundo del Pier Gynt de Ibsen y Grieg. Podríamos mencionar también aquí a Alberico, diablo enano conocido por el Anillo de Wagner, aunque dotado ya con poderes de seducción musicales en el relato original de los Nibelungos.
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