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Estas palabras de Elias Canetti (de los Cuadernos de 1942, publicados en La Provincia del Hombre) nos situán de inmediato en las raíces mismas de una civilización que ha sabido desarrollar la más humana y espiritual de todas las artes. Con su poder de comunicación verdaderamente universal, la música es el primer lenguaje del ser humano y el que posee además en sí mismo la capacidad de conservar la memoria viva de la emoción original. Si bien la música existe, en sus formas primitivas y fundamentales, desde los primeros pasos del hombre (ya que, como dijo Goethe, “el hombre lleva la música en sí mismo”), los momentos más representativos de esta “historia viviente”, inmortalizados a partir de las primeras muestras de canto gregoriano en el siglo XI, se han desarrollado especialmente durante este segundo milenio que acabamos de terminar, con una gran variedad de formas y estilos, correspondientes a la sensibilidad y la fantasía de los compositores y al gusto de los diferentes momentos históricos que vivieron.
Gracias a la invención de una escritura musical definida (es decir, de una notación que permite comprender los intervalos y el ritmo pensados por el compositor), este inmenso patrimonio se ha podido conservar como lenguaje comprensible. Pero aún así la partitura más perfecta no deja de ser un proyecto, más o menos sofisticadamente codificado, que necesitará siempre de unos músicos contemporáneos para darle vida, ya que la música existe solamente en el instante (en directo o en grabado) en el que se concreta gracias a las ondas producidas por la voz humana o por los instrumentos. Su significación histórica como obra de arte no estará determinada por el necesario desarrollo del material sonoro (melodía, armonía, ritmo, timbre, forma, etc.) sino por la voluntad de expresión de los músicos, compositores o intérpretes, que lo utilizan.
Históricamente el gusto y los estilos han cambiado y evolucionado, pero en lo esencial el hombre siempre ha poseído una profunda necesidad y una gran capacidad de emoción y de espiritualidad: la esencia de esta expresión “que nos toca el alma para hacerla vibrar” es, como dice La Fontaine, “la gracia, más hermosa aún que la belleza”.
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