La Viena de Fux
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COMPOSITORES
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ENTREVISTAS
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ENSAYOS
La Viena de Fux
Cuaderno de Viaje II
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COMPOSITORES
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ENSAYOS
LA VIENA DE FUX


La ciudad de los Habsburgo

En el momento en el que Fux llegó a Viena, se habían echado ya los cimientos de la Edad de Oro barroca de la ciudad. Fernando III, emperador de 1636 a 1656, fue un patrón entusiasta de las artes y compositor por derecho propio, estableciendo así una pauta seguida por sus tres sucesores. Su hijo, Leopoldo I, heredó no sólo el talento musical de Fernando, sino también un gusto por la música y la arquitectura italiana que sería uno de los rasgos de la corte vienesa durante más de un siglo. La subida al trono de Leopoldo en 1658, sólo unos pocos meses después de cumplir 18 años, fue un accidente del destino provocado por la muerte de su hermano mayor, ocurrida cuatro años antes. Tampoco parecía ser un candidato natural a vestir el manto de Sacro Emperador Romano. Leopoldo, pálido, delgado y de aspecto melancólico, era archiconservador y defensor ferviente de los principios de la Contrarreforma. Su mayor pasión estaba reservada a la caza y la pesca, actividades que practicaba en las residencias campestres de Laxenburg y Ebersdorf, y a la música. Sin embargo, a pesar de sus predilecciones, el reinado de Leopoldo iba a estar muy lejos de ser pacífico. Las guerras y las constantes amenazas, tanto interiores como del exterior de su extenso imperio, requirieron constantemente su atención y unos gastos que estuvieron a menudo a punto de vaciar las arcas imperiales.

A pesar de esas carencias de dinero, el reinado de Leopoldo fue testigo de las extravagancias operísticas más despilfarradoras del siglo XVII. Il Pomo d’oro, encargada originalmente a Antonio Cesti para celebrar las bodas del emperador con la infanta Margarita de España en 1666, sufrió varios retrasos antes de su definitiva representación en la corte el 12 y 14 de julio de 1668. La interpretación de aquella ópera gargantuesca, con un reparto de más de 50 personajes con nombre propio, un enorme coro y no menos de 23 escenarios, duró más de nueve horas en sus dos noches de representación. Además de la música de Cesti, la ópera incluía música de ballet escrita por Johann Schmelzer y hasta una escena compuesta por el propio emperador. El coste de la producción alcanzó la asombrosa cantidad de 100.000 florines, cifra que podemos contextualizar comparándola con el salario anual de 2.000 florines (espléndido para el nivel del momento) que cobraba Antonio Draghi al ser nombrado Kapellmeister en 1682. Il pomo d’oro, con su prólogo que glorificaba al imperio y al emperador habsburgués, fue el culmen de la ópera cortesana. Su derroche no volvió a repetirse nunca a igual escala, pero la celebración de la gloria y la majestad siguió siendo un modelo para las óperas cortesanas que se representaron en Viena en los 70 años siguientes.

La realidad de la vida en la Viena de 1685 era muy diferente. Con sus 80.000 habitantes aproximadamente, la mayoría apretujados en el interior de sus murallas medievales, era la ciudad de Europa con mayor densidad de población. Hacía sólo dos años que se había levantado un asedio turco, la espina clavada permanentemente en el costado de los Habsburgo. Aunque los restantes años del siglo fueron testigos de una desaparición gradual de la amenaza oriental, la ciudad estaba rodeada en ese momento por un espacio abierto en el que estaba prohibido construir para no dar a los posibles invasores un abrigo desde donde bombardear la ciudad. La sede de la corte era el Hofburg, un extenso complejo de edificios enlazados, el más antiguo de los cuales se remontaba al siglo XIII. Los esfuerzos por mejorar y ampliar el Hofburg (un palacio falto de espacio y descrito sistemáticamente por los visitantes como impropio de una gran dinastía) mediante la construcción de una nueva ala se vieron frustrados en dos ocasiones, la primera por un incendio y más tarde por los turcos, que dañaron gravemente el edificio durante el sitio de 1683. Las modestas dimensiones del Hofburg hacían que la vida cortesana de Viena fuera muy diferente de la de Versalles, donde toda la corte se congregaba bajo un mismo techo. Aunque los Habsburgo no mantuvieron nunca una corte tan amplia como sus rivales, los borbones, la falta de cobijo imponía a muchos funcionarios de la corte alojarse en la ciudad. Para ello se requisaba el primer piso de edificios que resultaban apropiados. La mayor parte de las casas de Viena tenía entonces cinco o seis plantas, cosa nada habitual en la Europa de esa época y un caso temprano de construcción hacia arriba para compensar la falta de espacio. La ocupación se basaba en una jerarquía rigurosa: cuanto más bajo fuera el rango del ocupante de la vivienda, más arriba vivía. (Podemos recordar que, cuando Haydn fue despedido del coro de la catedral de San Estaban en 1749, se mudó, acosado por la pobreza, a una “miserable buhardilla” bajo el alero de un edificio de cinco plantas del Kohlmarkt, el mercado del carbón).

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