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La reciente distinción de la UNESCO, que declara la representación del Misteri d’Elx como patrimonio oral e intangible de la Humanidad, es por varios motivos un gran acontecimiento. En primer lugar, es una merecida distinción extensible a todo un pueblo, que ha sabido mantener viva la memoria de una tradición centenaria, y en particular a todos los cantantes, músicos, actores y miembros del equipo de la Junta organizadora que con tanto amor, tenacidad, sensibilidad y generosidad han logrado, año tras año, recrearlo artística y espiritualmente.
Así, una representación musical, conservada en parte por tradición oral y por esencia efímera (ya que sólamente existe durante el tiempo de su representación), es considerada al mismo nivel de las grandes obras maestras, tales como ciudades, pueblos, templos y conjuntos arquitectónicos, creadas por el hombre a lo largo de su historia.
En segundo lugar, a todos los que admiramos el Misteri d’Elx, así como a los amantes de la música y especialmente de la música antigua, nos llena de satisfacción esta distinción otorgada por un organismo internacional tan emblemático, ya que confirma la equiparación entre patrimonio artístico tangible e intangible, y representa un pleno reconocimiento del valor artístico y espiritual de los patrimonios intangibles de la Humanidad, entre los cuales la música es uno de los más universales y extraordinarios.
Este valor se apoya en varios aspectos fundamentales:
En la indispensable conservación, catalogación y accesibilidad (para estudio e investigación) de las músicas conservadas en bibliotecas o archivos de estados, comunidades, ciudades, iglesias y entes privados.
En la necesaria formación artística de los intérpretes, que serán indispensables para dar nueva vida a las mejores y más representativas músicas de las diferentes épocas de la historia.
Y, finalmente, en el adecuado apoyo a la difusión de un patrimonio milenario y de interés universal indiscutible, a la búsqueda de soluciones originales para las nuevas circunstancias en que estas actividades deben desarrollarse.
Esperemos que los diferentes poderes públicos, eclesiásticos y privados sobre los que recae la enorme responsabilidad de mantener este patrimonio sean cada vez más conscientes y activos en la conservación, difusión y defensa del mismo contra la destrucción y el olvido. Es primordial conseguir la creación y el desarrollo de las infraestructuras necesarias para la investigación, edición, enseñanza y difusión de unas músicas que son (gracias a su extraordinaria dimensión espiritual y su relación con la historia de la Humanidad) la memoria viva y las raíces profundas de unos pueblos que han contribuido y deben seguir contribuyendo al desarrollo de la civilización.
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