A los ojos de Freddy, una pasión así resultaba inoportuna. Estaba seguro de que la bola de cristal que revelaba mi futuro no favorecería una especialidad tan cerrada, que en el Nueva York de aquella época una carrera como la de violagambista significaría que no tendría más remedio que tener un trabajo diurno como reparador de televisiones, oficinista o camarero. Simplemente no había un público lo bastante grande para el instrumento y su repertorio que, cuando llegaba a interpretarse, solía oírse en pequeñas salas de iglesias y ante pequeños círculos de iniciados.
Freddy me animó a seguir con el violonchelo hasta que fuera lo bastante bueno para tocarlo profesionalmente. Siempre había trabajo para violonchelistas en grupos de cámara, orquestas o incluso en los fosos de los musicales de Broadway. Seguí el consejo práctico de Freddy durante tres años, hasta que tuve quince. Entonces llegó otro momento decisivo. Una noche de mayo, a última hora, Freddy llamó por teléfono a mi madre. Había una plaza en un taller de viola da gamba que duraba una semana y podía conseguirse una beca: ¿estaba interesado? Lo que Freddy no podía saber era que el taller iba a tener lugar la misma semana que los exámenes Regents, que se celebraban de un extremo a otro del Estado. Estos exámenes globales, que se hacían al final de varios años de estudio en varias de las materias impartidas en el instituto, eran serios, importantes y esenciales, si uno pensaba licenciarse siguiendo un camino normal. Así que ahí estaba mi madre, con el teléfono apretado contra su oreja, arrastrando uno y otro pie, intentando pronosticar mi futuro en ese momento. Afortunadamente, en un fogonazo de instinto, dijo: “taller”. La suerte estaba echada.
Cuando tenía dieciséis años me admitieron en el Conservatorio de Nueva Inglaterra de Boston, una gran institución que, por suerte, no era demasiado remilgada con las exactas credenciales de instituto de los aspirantes que tocaban bien en sus audiciones. Allí me dediqué exclusivamente a la viola da gamba, estudiando con Grace Feldman y Laura Jeppesen. A estas profesoras les debo también que me dieran a conocer las grabaciones de viola da gamba solista de Jordi Savall. Mis vecinos de Boston de entonces se estremecerán al recordar cómo ponía los discos de Jordi una y otra vez, haciendo breves interrupciones para ir a clase, estudiar y, de vez en cuando, dormir. Tres años más tarde fui entusiasmado a Basilea para estudiar con el gran maestro catalán, con un intervalo americano entre medias para volver a Boston a sacarme el título en el conservatorio. Durante mi segunda estancia en Basilea conocí a Sylvia Abramowicz, una estudiante parisina de viola da gamba en la clase de Jordi. La musicke fue claramente el alimento del amor en nuestro caso. Nos casamos poco después y hemos estado tocando durante dieciséis años, parte de ese tiempo como A Deux Violes Esgales, un dúo radicado en París que formamos juntos.
Durante los treinta años que han pasado desde que era un chaval de doce años embelesado con su sonido, la aceptación pública de la viola da gamba ha aumentado vertiginosamente. Freddy, que murió trágicamente joven, se hubiera quedado asombrado al ver a la viola da gamba como estrella cinematográfica en una película muy premiada, Tous les matins du monde: un grito lejano desde los sótanos de la iglesia y sólo un pequeño indicativo de la actual popularidad del instrumento.
La España del siglo XV
Aunque muchas personas poco familiarizadas con la viola da gamba suponen que es un miembro de la familia del violín, en realidad no es así: está relacionada más estrechamente con la guitarra española. La viola da gamba o viola “de pierna”, ya que se sostiene entre las rodillas cuando se toca, se desarrolló muy probablemente en la España del siglo XV, cuando los vihuelistas trataban de tocar sus instrumentos con el arco que se utilizaba habitualmente para tocar un instrumento norteafricano, el rabab. Aparte del arco, esta primitiva versión de una “viola da gamba” conservaba todas las características de un instrumento de cuerda pulsada: trastes, afinación, incluso la posición al tocar, ya que se sostenía como una guitarra y se pasaba el arco verticalmente. Sin embargo, las cuerdas no siempre se frotaban: en antiguas representaciones vemos cómo las cuerdas del mismo instrumento a veces se frotan y a veces se pulsan. Estas primeras violas, denominadas también vihuela d’arco, eran más pequeñas y tenían puentes planos que permitían tocar todas sus cuerdas a la vez, un perfecto acompañamiento acórdico para el canto. Quienes visiten el Louvre en París pueden ver Las bodas de Caná de Veronese, un cuadro en el que dos violistas sostienen sus pequeños instrumentos en una posición de guitarra, mientras que otro sostiene un instrumento más grande en una posición de violonchelo.
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