Orígenes
Digamos, en primer lugar, que los orígenes del oratorio no pueden disociarse del proyecto de la Contrarreforma, cuyos objetivos edificantes (llevar a los fieles a Dios combinando los efectos de la piedad, la moral y la belleza) nacieron de las consignas del Concilio de Trento, deseoso de despertar el sentimiento de lo sagrado en la Iglesia, sacudida por la ruptura protestante. La palabra “oratorio” existía, sin duda, con anterioridad y designaba un lugar de culto, un oratorio o capilla, donde se reunían las congregaciones devotas para realizar ejercicios en los que los sermones, la meditación o los cantos (cánticos y letanías) acompañaban a la oración. Pero del lugar se pasó con toda naturalidad a las actividades, en función de un proceso que conviene explicar mediante algunas observaciones históricas.
En Italia la fe tenía fuertes lazos populares. Así lo atestiguan desde finales del siglo XIII las laude, aquellos ingenuos cánticos en lengua vulgar que aparecieron en Umbría y Toscana, antes de llegar a Venecia y conquistar más tarde toda la península, y cuyas connotaciones franciscanas debemos destacar.
Este repertorio fervoroso, difundido por las cofradías de laudesi, pasó a Roma, donde el oratorio del Divino Amore estuvo frecuentado por religiosos y laicos desde principios del siglo XIV. Y tras el saqueo de la ciudad por las tropas imperiales en 1527, aquellas devociones paralitúrgicas fueron recuperadas por san Felipe Neri, fundador de la Congregación del Oratorio.
Neri, santo atípico y hombre de mucho ingenio (a una persona mundana que quería mortificarse llevando un cilicio, le respondió un día: “Me parece estupendo, ¡pero por encima del justillo de seda!”), fue además un auténtico místico. En su piadoso programa no se olvidó la música, en la línea, más o menos, de la tradición popular de las laude (aunque a veces con la colaboración de los mejores talentos, como el de Palestrina, que compuso sus Madrigali spirituali para un auditorio de gusto experimentado).
La música religiosa, refractaria durante mucho tiempo a las novedades, adquirió desde ese momento en la Ciudad eterna una apariencia menos austera, sin dejar de ser íntimamente solidaria del acto de la oración. Y a medida que se avanza hacia el final del siglo, las laude del Oratorio se transformarán, bajo la influencia de las corrientes profanas y la Camerata Fiorentina (que desembocaría por aquellas mismas fechas en la creación de la ópera), y adoptarán un giro más expresivo según los lances de la narración o del diálogo, que encuentran su inspiración en la Biblia.
San Felipe Neri murió en 1595, pero, gracias a su carisma, las actividades del Oratorio recibieron un impulso irresistible que resultó fértil en realidades pioneras. Y aquí es donde Emilio de’ Cavalieri se incorpora a nuestra historia.
Cavalieri: retrato de un creador
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De ese nuevo tipo de experimentación surgió la forma musical del oratorio, cuya carrera gloriosa ha de compararse con la de la futura ópera. En efecto, la representación en Florencia, en octubre de 1600, de la Euridice de Peri, primer drama lírico de la historia, coincide con la Rappresentatione di Anima et di Corpo, prototipo de los futuros oratorios
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Emilio de’ Cavalieri (antes de 1550-11 de marzo de 1602), nacido en una familia noble, era hijo del conde romano Tommaso de’ Cavalieri, aquel guapo muchacho cuya amistad con Miguel Ángel provocó un escándalo. Emilio estudió muy pronto música en su ciudad natal y, tras la estela de las ideas de Felipe Neri, se interesó de 1578 a 1584 por las manifestaciones del oratorio de San Marcello, descubriendo al mismo tiempo las ambiciosas “representaciones” de sus ceremonias.
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