| El drama litúrgico medieval, de cuya existencia da fe por vez primera un ceremonial inglés elaborado hacia el año 970 para la orden benedictina, da vida a las imágenes más frecuentes que ilustran la historia sagrada. Nacido a partir del tropo, se concibió a modo de una nueva expansión de la liturgia, igual que un capitel profusamente historiado supone un enriquecimiento respecto a otro de ornamentación más sobria. Salvando las distancias, del drama litúrgico cabe decir lo mismo que de la ópera, que es su consecuencia más lejana: se trata de un arte integral en el que la imagen, el sonido y la palabra se unen para dar lugar a una de las manifestaciones artísticas más singulares de la Edad Media.
Lo curioso respecto a la práctica del drama litúrgico en España es que, casi mil años después de que apareciesen sus primeras manifestaciones, aún es posible asistir a dos representaciones vinculadas directamente a él: el Canto de la Sibila, al que tuvimos ocasión de referirnos (Goldberg 12), y el Misterio de Elche (Misteri d'Elx, en catalán), un drama asuncionista arraigado en la más estricta tradición medieval. Uno y otro constituyen algo así como dos testimonios vivos del pasado cuya importancia resulta excepcional en el presente, musicalmente dominado por un historicismo que hace que predomine el gusto por las músicas pretéritas frente a la música actual, se entiende que de autor «clásico». |
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