| Mientras recorría Europa en la década de 1770 a fin de recabar documentación para su Historia de la música, Charles Burney, organista de formación, se extrañaba de los órganos que veía, oía y tocaba en el continente. En general le parecían demasiado grandes, ruidosos y toscos, y no encontraba ningún interés en el pedalero, que en su opinión sólo servía para complicar la labor del organista de tocar con gracia y buen gusto. Refiriéndose al célebre órgano de Haarlem, construido por Christian Müller en 1734, observó lo siguiente:
[El organista, M. Binder] ejecutó tres o cuatro fugas con mucha maestría y grandiosidad, utilizando mucho el pedalero. No me pareció que estuviese muy dotado de imaginación, pero ésta es una cualidad que no resulta fácil de demostrar cuando se toca a la manera de los alemanes. El hecho de utilizar pedales en estos instrumentos gigantescos mientras las dos manos están completamente ocupadas en unos teclados rígidos y pesados, hace que todo sea una labor bastante esforzada. La multiplicidad de registros, que en este órgano llegan a 54, sólo sirve para aumentar el ruido y entorpecer al intérprete. […] Cuando hubo terminado, [M. Binder] estaba tan agotado y sudoroso por el esfuerzo como si hubiera corrido ocho o diez millas a toda velocidad a través de campos labrados y en plena canícula. |
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