Isabel era mujer, madre y reina, como la propia Reina de los Cielos, y, por supuesto, una creyente devota. También era una mujer guerrera y erudita. En las canciones, motetes, misas y demás obras musicales tocadas y cantadas en la corte de Isabel hallamos todos esos aspectos de su personalidad. En particular descubrimos que tanto la música religiosa como la profana dan una gran importancia a la Virgen María, a la manera de una banda sonora para la miniatura de su libro de horas. En relación con esta faceta, hallamos también una insistencia paralela en la experiencia femenina, perspectiva compartida por la reina de Castilla y la Reina de los Cielos. La sencilla muchacha campesina que abre su corazón a su madre en la atractiva canción Con amores mi madre, escrita por Juan de Anchieta en compás de cinco tiempos, nos invita a entrar en el mundo íntimo de confidencias intercambiadas entre una madre y una hija. Las frases, suaves y ondulantes, respiran con los vaivenes de los consuelos y desengaños del amor. Sin embargo, lejos de ser un caso aislado, esta viñeta musical de maravillosa riqueza, es sólo una más entre un conjunto de piezas que hallamos diseminadas por los cancioneros de la época:
Con amores, mi madre,
con amores m’adormí.
Assí dormida soñava
lo que’l coraçón velava,
que’l amor me consolava
con más bien que mereçí.
Adormeçióme el favor
qu’amor me dio con amor;
dio descanso a mi dolor
la fe con que le serví.
Los Cancioneros
El repertorio de música profana de los reinados de Fernando e Isabel se conserva en cinco cancioneros. El primero de ellos es el Cancionero de la Colombina, llamado así por Fernando Colón, hijo segundo e ilegítimo del explorador. Fernando, viajero y coleccionista apasionado de libros de música, legó a la catedral de Sevilla tras su muerte una colección de más de 15.000 volúmenes. Había comprado el Cancionero en 1534, aunque muchas de sus casi 100 piezas fueron escritas antes de 1490. La mayoría de las composiciones son anónimas. La obra contiene villancicos, canciones compuestas según la tradición del amor cortés y una docena de composiciones litúrgicas latinas. Los textos de estas últimas, al igual que muchas de las piezas en lengua vernácula, proclaman las alabanzas de la Virgen. Otros, como este inocente poema pastoral, captan a la perfección un tema bucólico recurrente en un lenguaje de una franqueza directa:
¿Cómo no le andaré yo,
mesquina, tan desmayada?
Dixo la niña al pastor:
“Mira, pastor, qué tetas”.
Dixo el pastor a la niña:
“Más me querría dos setas,
mi çurrón, mi çamarrón,
mi cayada y mi almarada
y mi yesca y mi eslabón”.
Podemos imaginar que piezas como éstas formaban parte de pasatiempos cortesanos en los que los nobles y la realeza entraban en contacto con unos campesinos idealizados. Si aquellos temas pastoriles proporcionaban a los soberanos cierto alivio en las preocupaciones diarias del gobierno, otros podían tener un carácter más abiertamente político. En el Cancionero de la Colombina hallamos, por ejemplo, otra canción anónima para festejar el matrimonio entre Fernando e Isabel:
Muy crüeles bozes dan
catalanes blasfemando:
“¡Fuera, fuera, duque Juan,
que es casado el Rey Fernando!”
Torna, torna, Barçelona,
a tu señor natural
Françia juega dedos val:
¡Sus, e mate por la dona!
Correos vienen, correos van
por todo’l mundo gritando:
“¡Fuera, fuera, duque Juan,
que es casado el Rey Fernando!”
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