El Oficio de Tinieblas
El Oficio de las Lamentaciones tiene su origen en el siglo VIII y se celebraba, avanzadas las centurias, en los maitines del Jueves, Viernes y Sábado Santos (sacrum triduum) de la semana comprendida entre el Domingo de Ramos y el de Pascua. Sin embargo, en las instituciones religiosas abiertas al mundo, aquella hora tan temprana resultaba incómoda. Desde finales del siglo XIV se desplazó el Oficio a la tarde del día anterior, es decir, al miércoles, jueves y viernes. Paradójicamente, ésas fueron las fechas en que tomó en Francia el nombre de “Ténèbres” (tinieblas), ¡a pesar de que se desarrollaba a partir de las cuatro de la tarde!
Aquella celebración, especialmente larga, estaba regida enteramente por el número tres: tres oficios, compuesto cada uno por tres nocturnos, formados a su vez por tres salmos y sus antífonas, un versículo y su responsorio y, finalmente, por tres lecturas (o lecciones, traducción del latín lectiones), seguida cada una de un responsorio. Los laudes, rezados después de los maitines y que formaban también parte del Oficio, constaban de varias antífonas y salmos, más un cántico con su antífona y concluían con una oración. En el primer nocturno, las lecciones se toman de las Lamentaciones de Jeremías, algunas de ellas cantadas (son las Lecciones de Tinieblas). El segundo nocturno se compone de comentarios de san Agustín sobre los salmos, y el tercero de pasajes de las epístolas de san Pablo a los Corintios y los Hebreos. Todos esos textos habían sido fijados por el Concilio de Trento en la década de 1560.
El número tres, rememoración de la Santísima Trinidad (a pesar de que su gloria “aparecía velada en la pasión”), se impone también en muchos otros puntos explicados en el Office de la Semaine Sainte traducido por Michel de Marolles en 1626 y vigente, luego, durante más de un siglo: “El Oficio de la Pasión se celebra en tres días maravillosamente elaborados para este asunto, porque Nuestro Señor dedicó otros tantos a sus fatigas y su sepultura o a consolar a sus apóstoles. Se recitan en él nueve salmos, a saber, tres por nocturno, para que sepamos que Jesucristo murió para las vírgenes, los casados y las viudas de las tres leyes, la natural, la escrita y la evangélica”.
La impronta de este Oficio, muy marcado por ese simbolismo trinitario, aparece también en su ritual visual. En efecto, a pesar del cambio de horario, se conservó la tradición consistente en apagar uno a uno después de cada salmo catorce de los quince cirios colocados en un candelabro triangular a medida que se alzaba el día. Los quince cirios simbolizaban a los doce apóstoles y las tres Marías en la tumba de Cristo. La extinción progresiva de la luz recordaba las tinieblas que cubrieron la tierra al morir Jesús en la cruz. La vela situada en lo alto del candelabro continuaba, sin embargo, encendida porque representaba el cuerpo de Cristo. Al principio se ocultaba tras el altar, para metaforizar la muerte; luego se volvía a ofrecer a la vista en medio de un estrépito para significar el triunfo de la resurrección. A continuación, los fieles se levantaban y se iban en silencio.
Este ambiente tan específico era el marco en que se interpretaban las composiciones de Charpentier y sus contemporáneos.
|
|
|
|