Florencia, santuario de las artes plásticas, contó también con una extraordinaria presencia musical desde finales del siglo XIV.
Ya entonces la ciudad de los Médicis abundaba en figuras de capital importancia en el ámbito de la música, caso de Francesco Landini, “el organista ciego” que pulió como un orfebre el dolce stile del Ars Nova.
Unos años después, apareció la personalidad del borgoñón Dufay, rendido a un intenso anhelo de Italia y que en su motete Nuper rosarum flores saludaba la consagración del Duomo de Brunelleschi en 1436.
O la del organista Squarcialupi, que mantuvo una correspondencia amistosa con el citado Dufay, y la del poeta Angelo Poliziano, que rimó su Favola d’Orfeo –extraña premonición monteverdiana– para Isabel de Este en Mantua cuando concluía el Quattrocento. |
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