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En la actualidad se le conoce mejor, gracias a los nuevos descubrimientos: las actas notariales, los dibujos, las cartas, la reconstrucción de sus instrumentos musicales, y en especial al encuentro fortuito de los perdidos Códices Madrid I y II, descubiertos en 1965 en la Biblioteca Nacional de Madrid.
Los primeros biógrafos de Leonardo ya nos hablan de él como músico: Paolo Giovio (Dialogi de viris et foeminis actate nostra florentibus), Gaddiano (Libro de la pintura), Giovanni Paolo Lomazzo (Gli sogni e raggionamenti) y Vasari (Las Vidas). Sin embargo, es el propio Leonardo, en sus escritos y dibujos, quien proporciona más información sobre su relación con la música. Los datos cronológicos nos ayudarán a ver la relación de la música con su vida artística y científica. Nacido en Vinci en 1452, fue hijo natural de ser Piero y de Caterina. Su padre, notario establecido en Florencia, hizo que estudiara leyes para seguir la tradición familiar, pero pronto lo encaminó hacia la carrera de comercio, con la que podría ejercer de agente de cambio en el extranjero para las poderosas familias florentinas. Para ello necesitaba de una buena preparación, y Leonardo comenzó a estudiar aritmética. Vasari dice: “se ponía a estudiar muchas cosas y, una vez que había empezado, las abandonaba. En los pocos meses que dedicó a tomar lecciones de ábaco hizo tantos progresos que, por medio de las continuas dudas y problemas que suscitaba en el maestro que le enseñaba, a menudo lo confundía. Estudió también música, enseguida aprendió a tocar la lira y, como alguien que ha recibido de la naturaleza un espíritu elevadísimo y lleno de elegancia, muy pronto fue capaz de improvisar cantos divinamente.” La aritmética y la música, junto a la geometría y la astronomía, eran las cuatro disciplinas de la educación del Renacimiento, fundamentadas en el Quadrivium.
La música en tiempos de Leonardo era un reflejo de la afirmación de la personalidad individual; por ello estaba más cercana a un ideario que apreciaba, antes que los artificios contrapuntísticos, la melodía sencilla y expresiva. Los músicos italianos cantaban o recitaban de memoria en su lengua materna, solos o acompañados de un instrumento, ya fuere el laúd, la lira de brazo, la viola da gamba, el órgano de mano, la bandola o un tamboril. Existen testimonios sobre muchos poetas cantores o de músicos cantores populares, como Leonardo Giustiniani, gran improvisador de versos que se acompañaba por el laúd y que también confiaba sus poemas a músicos de fama europea, como hizo con su ballata O rosa bella, a la que pusieron música Johannes Ciconia y John Dunstable. Benedetto Chariteo recitaba versos de Virgilio y se acompañaba al laúd. Serafino Aquilano, Panfilo Sass y Andrea Mazdue improvisaban versos en latín, lengua usada casi exclusivamente por los músicos flamencos que viajaban y vivían en Italia. En Florencia estaban Baccio Ugolini, embajador de Lorenzo el Magnífico y actor en el Orfeo de Poliziano, Antonio di Guido, Bartolomeo Tromboncino y el propio Leonardo. En los círculos culturales, pero también en la sociedad formada por comerciantes y artesanos, la música gozaba de un gran valor y era muy cultivada. Resultaba frecuente ver improvisar cantos sobre poemas propios o los de la mejor poesía lírica italiana.
Un ejemplo de esta afición lo encontramos en Verrocchio, que improvisaba con la lira y enseñó música a Leonardo. Giorgione era un excelente tañedor de laúd, mientras que Bramante recitaba poemas acompañándose con la lira, como Marsilio Ficino y Girolamo Savonarola. Villari explica cómo se sentía Savonarola en el momento en que decidió irse al convento: “el 23 de abril de 1475; estaba sentado con su laúd, tocando una triste melodía; su madre, como movida por el instinto de la adivinación, se acercó de pronto a él y exclamó, con la voz ahogada de la pena: hijo mío, siento el presentimiento de que pronto vamos a separarnos. Girolamo se levantó también y siguió pulsando, pero ahora con mano temblorosa las cuerdas del laúd, sin atreverse a levantar los ojos del suelo”.
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