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Pero en primer lugar, recordemos los hechos. En el año 1610 el músico cremonés cae en desgracia ante sus protectores, los Gonzaga, en Mantua. Nombrado maestro de capilla in situ en 1602, a partir de 1608 inicia, marcado por la creación de Arianna, hoy perdida (a excepción del famoso Lamento), un periodo particularmente sombrío de su carrera, carente de proyectos estimulantes.
Hay un hecho todavía más grave, y es que sus relaciones se hacen cada vez más difíciles con el duque heredero Francesco, cuyas opiniones dominan en el seno de la ilustre casa, aunque éste no tenga la intuición artística de su padre, el anciano duque Vincenzo.
Empieza así un año nada propicio para el compositor, hasta que se impone a sí mismo la idea de seguir trabajando lejos de ese escenario deprimente, con el fin de retomar su actividad musical a la altura de sus ambiciones como creador.
Decidido a cambiar de atmósfera y a probar su suerte en Roma acudiendo directamente a la puerta de la autoridad pontificia, publica una Missa da Capella a seis voces, según el antiguo estilo osservatto, acompañada de Vísperas a la Santa Virgen, ambas obras dedicadas al papa Pablo V en persona.
De hecho, la misa al estilo antiguo no es más que un pretexto, puesto que lo esencial se encuentra en el Vespro mariano, compuesto de cinco salmos (de seis a diez voces), conciertos sacros para uno o varios solistas (los sacris concentibus que menciona el título), una Sonata a ocho sobre un cantus firmus gregoriano, un himno a ocho voces y finalmente un Magnificat a siete voces (si bien el compositor previó una versión a seis voces para las capillas modestas). De esta manera, el conjunto, coloreado por las sonoridades de una rica instrumentación, varía según el carácter de las partes.
Las opiniones difieren en cuanto al origen de este monumento de devoción y música que introduce en la iglesia, por primer vez, la modernidad del stile nuovo, y que quizá no habría llegado a ver la luz de no ser por la degradación de las condiciones de trabajo de Monteverdi en Mantua. ¿Lo escribió para la capilla de Pablo V o fue anteriormente compuesto para su interpretación en Mantua, en el marco de la capilla consagrada a Santa Bárbara, distinta de la capilla ducal? Una cuestión, a fin de cuentas, secundaria en la aventura del Vespro, que el mismo compositor ofreció al soberano pontífice, después de la publicación del conjunto a finales del verano de 1610.
De su dedicatoria el cremonés confía obtener dos cosas: en primer lugar, un cargo de maestro de capilla –o un puesto equivalente– en San Pedro o al servicio de algún cardenal melómano; después, una ayuda del seminario romano para su hijo mayor Francesco, destinado al sacerdocio. Sin embargo, el viaje se revela inútil y sus esperanzas truncadas. Ciertamente, la dedicatoria es aceptada –más por la conformidad estilística de la misa que por las audacias de las Vísperas, que desconcertaron a los prelados de la muy conservadora curia romana–, pero a Claudio no se le ofrece ningún empleo ni a Francesco le otorgan una dotación económica.
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