El musicólogo Norbert Dufourcq escribió una obrita sobre el órgano publicada por primera vez en 1948 y reeditada desde entonces en numerosas ocasiones.
En la segunda parte de aquel pequeño tratado, dedicada a la música y los músicos, no dudó en organizar su exposición en tres partes de la siguiente manera: 1, los profetas; 2, el maestro; 3, los discípulos.
Para el autor, “el maestro” era, por supuesto, Johann Sebastian Bach. La totalidad de la historia de un instrumento quedaba reducida así –en función de un determinismo fuertemente teñido por una concepción cristiana de la historia, según lo atestigua el vocabulario empleado– a la aparición, apoteosis e influencia duradera y definitiva de un único compositor.
Bach, elevado sobre un pedestal, se convertía en una pauta en virtud de la cual se podría –y hasta debería– juzgar toda la música organística.
Por la misma razón, la calidad misma de los instrumentos estaba determinada por la posibilidad de lograr con ellos una buena interpretación de las obras del “maestro”.
Al nuevo dogma “neoclásico” le importaba un comino todo cuanto pudiera revelarla observación atenta de los instrumentos históricos.
En una palabra, toda la música, pasada, presente o futura, debía converger en aquella cima del arte, como si estuviera animada por una irresistible fuerza centrípeta. |
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