Todos sabemos que la verdad completa de la música de Bach no se puede reducir a la instrumentación, el diapasón o el tipo de instrumentos utilizados, pues trasciende esos útiles y requiere una comunicación con el alma del oyente. Sí, hablo del alma, que aunque no sea un asunto musical es, no obstante, el motor que impulsa las composiciones bachianas. El contexto religioso se refiere constantemente al alma humana, un alma que necesita ser redimida, pues sin redención se encontraría perdida y sin guía. Éste es siempre para mí el punto de partida de cualquier consideración sobre la manera de cantar un aria de Bach; creo que una interpretación verdaderamente “auténtica” no deberá ignorar nunca la razón de la simple existencia de esa música. A veces me asombra que los musicólogos dediquen tanto tiempo a investigar y debatir todos los aspectos técnicos de la música de Bach (el temperamento, los instrumentos, la instrumentación…) y, luego, expongan los resultados de dicha investigación, realizada bajo la luz de la autenticidad, en un contexto práctico (la venta de entradas, la sala del concierto, el consumo de bebidas en la pausa, etcétera) que tiene poco que ver con la raíz realmente auténtica de la música.
Texto y contexto; o, ¿ayuda al cantante ser una persona religiosa?
¿Es necesario ser religioso para cantar la música sacra de Bach de forma auténticamente convincente? Se trata de una cuestión planteada a menudo. La música de Bach hunde sus raíces en el concepto del “Gotteslob”, la “alabanza a Dios” de la comunidad cristiana, congregada en la iglesia, mediante la música y la educación de las almas. Como cantante, necesito ser consciente de la función que asumo al ejecutar un recitativo o un aria. El texto en cuestión, el mensaje de un aria concreta y su contexto deben ser la base de toda interpretación. ¿Quién soy cuando canto ese recitativo o esa aria, y para quién los canto? El conocimiento del trasfondo y las creencias religiosas pueden ayudarnos, pero también pueden estorbarnos. En cierta ocasión escuché a un colega que, al interpretar un aria, conmovió hondamente a su público, persuadido de que en su canto había convicción religiosa. Al preguntarle más tarde, me dijo que no era creyente, pero que aceptaba la verdad de la música mientras la cantaba. En otro caso, un cantante conocido por su gran religiosidad experimentó en el escenario una especie de revelación. El público testigo se sintió más distante que conmovido; vio lo que sucedía, pero no pudo participar... Para comunicarme con acierto como cantante, no dejo de preguntarme cuál es mi función al interpretar una determinada aria, y qué cometido debo cumplir. Se trata de encontrar el equilibrio correcto. El hecho de cantar un aria de la Pasión según san Mateo no significa que la haya compuesto yo, y es esencial que tenga conciencia de mi papel en el contexto de lo que ocurre en una actuación. Como todos los músicos, debo intentar dar lo mejor de mí mismo, estar bien preparado y a la altura de las circunstancias y no sentirme un eslabón insignificante en la cadena de la composición, el conjunto de intérpretes y la ejecución, pero tampoco actuar como si el peso de toda la interpretación descansara sobre mis espaldas.
Al sentir la increíble fuerza y convicción de la música de Bach podríamos caer en la tentación de considerarnos indignos de cantarla. Durante la preparación y la grabación posterior de las cantatas para solista de Bach tuve problemas con él; en cierto momento rompí casi a llorar y deseé dejarlo, pues pensé: “No soy suficientemente bueno para este Bach”. Por suerte, Philippe Herreweghe y su esposa, la violoncelista Ageet Zwijstra, se percataron de mis apuros y me ayudaron a superarlos con su apoyo y su inteligente manera de hacer música.
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