|
Una de las diferencias más relevantes en cuanto a la consideración y la práctica de la danza en París y Londres durante el citado periodo estriba en las distintas maneras de regular su disciplina. En Francia, Luis XIV contemplaba la creación de las reales academias como parte de un grandioso plan destinado a instaurar determinados organismos oficiales a través de los cuales desarrollar y controlar todo lo concerniente a las artes y las ciencias. La Academia Real de Danza había sido fundada en 1661 con la supuesta finalidad de mejorar la calidad de dicho arte, y así también la de su enseñanza, de la que debían beneficiarse especialmente las gentes de la nobleza que acudían a los bailes de la corte. Como leemos en los estatutos de la Academia, “pocos de entre nuestros cortesanos gozan de la adecuada formación para bailar en nuestro ballets”, ya que su aprendizaje había sido confiado durante demasiados años “a ciertos individuos ignorantes y desmañados […]; son sorprendentemente pocas las personas aptas para la enseñanza”. Si echamos un vistazo al mundo cultural de entonces, veremos que en pocos años la pintura, la escultura, la literatura, las ciencias, la arquitectura y, por supuesto, la música, dieron nacimiento a sus propias reales academias, a las que se confiaron unos objetivos muy definidos. Entre otras cosas, la Academia Real de Danza sirvió para codificar los pasos, regular la enseñanza, formar maestros profesionales y definir el papel del baile dentro de la ópera francesa, siempre bajo la supervisión de la Académie Royale de Musique de Lully, que dirigía la Ópera parisina.
En Londres la situación no podía ser más distinta. La antigua monarquía de los Estuardo y los primeros monarcas de la casa de Hannover apenas si se interesaron por el papel de la danza en el teatro. Hacia 1700, la economía de mercado, por así decir, estaba a la orden del día en Inglaterra, lo cual creaba situaciones contradictorias, como por ejemplo, que los bailarines franceses que actuaban en la capital inglesa fueran a un mismo tiempo objeto de admiración y de desdén, pues, a diferencia de los bailarines ingleses, cobraran salarios altísimos, aunque socialmente muchas veces se les ensombreciera por considerar que era indecoroso que “unos extranjeros” nutrieran el arte nacional. Se entiende así que la única prueba que tenemos del paso por Londres del insigne bailarín y coreógrafo francés Guillaume-Louis Pecour sea una serie de notas en las actas del primer chambelán, fechadas en mayo de 1674. Según éstas, Pecour, junto con otros bailarines de la Ópera de París, había acudido a Londres para representar la Ariadna de Louis Grabu en el Theatre Royal, y habría llegado a un acuerdo con Thomas Killigrew para bailar otras piezas. A los dos meses, debido a discrepancias acerca de los salarios y la provisión de vestuario, dicho acuerdo quedaría anulado, alegando Pecour que el único contrato que había firmado era con Grabu. No vuelve a mencionarse al bailarín ni, desde luego, se cita ninguna de sus representaciones. Lo más plausible es que volviera a París sin más dilación para continuar con su meteórico ascenso como bailarín en las tragédies-en-musique de Lully y, posteriormente, como director de la sección de danza de la Ópera parisina.
|
|
|
|