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Quien quiera descifrar el misterio de los interiores holandeses (Pieter de Hooch, Gerard ter Borch o Frans van Mieris el Viejo, por ejemplo), que contemple a los van Asperen. Aeropuerto de Pau, a las 20’15 horas del día 5 de agosto. El avión se retrasa media hora. Al fin, Bob van Asperen. No viene solo. Primero, la hermosa Annemarie, de una delicadeza que conviene perfectamente a una restauradora de libros. Después, la pequeña Bregje, de piel transparente y cabello casi albino, admiración constante para el paisanaje de una España morena. Rasgos suaves como su misma tierra plana, sin traza de las asperezas pirenaicas, para Bregje el mundo resulta todavía muy sencillo: “papás” (pappa) los seres humanos y “gallinas” (kip) el resto de animales.
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Va a ofrecer usted un concierto en una edición del Festival en la que el Obispado de Jaca no permite el uso de las iglesias dependientes de su diócesis con el argumento de que se cobra entrada. Y si el suyo tiene lugar en la iglesia de San Juan de la Peña es porque ésta no depende de dicho Obispado. ¿Imagina una situación similar en su país?
En Holanda luchamos en la Edad Media, en el siglo XV, para liberarnos de las ataduras entre religión y economía. Fue un combate positivo, que mereció la pena llevar a cabo en su momento. En las iglesias holandesas hay conciertos gratuitos, pero frecuentemente los organizadores las alquilan, ya que a menudo, ¡ay!, pertenecen a una Fundación. Por otra parte, en mi país tanto el Estado como la Iglesia contribuyen al mantenimiento del patrimonio musical, siendo aquél el que contribuye en mayor medida, pero con la condición de que la Iglesia lo haga también.
El público cree, en general, que las iglesias son los lugares idóneos para interpretar y escuchar música antigua. ¿Comparte esta convicción?
La música suena tan bien en las iglesias..., sobre todo en las de tamaño medio, que con frecuencia son ideales para el repertorio del Renacimiento y del Barroco. Para el repertorio romántico las cosas son diferentes. No siempre se da una buena adecuación entre música antigua e iglesias, y es cierto que también puede disfrutarse de la música en los auditorios, pero en éstos la buena acústica es rara. El arquitecto olvida habitualmente la acústica, no conoce sus secretos. Y una acústica seca es la muerte para los instrumentos antiguos.
La vuelta hacia la música del pasado parece relegar al olvido a la música clásica contemporánea.
No, la música contemporánea es objeto de un gran interés. Hay conciertos por todas partes y, en general, una gran actividad al respecto.
Con su dedicación a la música “antigua”, ¿está al tanto de las últimas tendencias del pop y del rock? ¿Qué opinión le merecen las actuales corrientes de fusión musical?
Ésta es la música llamada normal. No sé exactamente en qué consiste, en el mundo moderno, pero sospecho de qué se trata. Se la llama normal o “moderna”. Por lo que se refiere a las mezclas y fusiones, cada uno tiene el derecho de hacer lo que crea oportuno. Puedo decir que solamente cuando se introduce un elemento jazz (on jazzifie, por utilizar un neologismo personal) en una música clásica que aprecie, por ejemplo, me produce vómitos, y debo alejarme súbitamente; no puedo soportarlo. Pero, insisto, cada uno puede hacer lo que quiera. No se trata de una cuestión de calidad, sino de que con estas maneras de proceder mueren demasiadas cosas, aunque es bien cierto que los músicos matan siempre algo, ya que la vía recta no existe. Pero al comenzar una interpretación de La Pasión según San Mateo, por ejemplo, quedan excluidas muchas posibilidades (de color, ritmo, movimiento, cadencia, etc.). No obstante, quien se ocupe de arte debe asumir que vive en un territorio lleno de errores. Es algo así como conducir un vehículo, nunca se hace de forma completamente recta, se gira constantemente, aunque el resultado pueda ser magnífico.
A propósito de la muerte, ¿cuál es su visión de ella?
Estimulante. Pero es verdad también que hay por todas partes signos que muestran la intención humana de perdurar, de preservar la memoria a través de los tiempos. Por ejemplo, las efigies de Damián Forment y de su hija en el alabastro del retablo de la Catedral de Huesca que acabamos de ver. François Couperin se refería, y eso que en su época no existía el disco, a la inmortalidad a que todos los hombres aspiran.
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