Torres ha grabado con Jacobs las Vespro della beata Vergine y, recientemente, el Octavo Libro de Madrigales de Monteverdi. También, para el sello Alpha, realizó una grabación exquisita: Zeichen im Himmel, de Philipp Heinrich Erlebach, junto al grupo Stylus Phantasticus, integrado por Pablo Valetti, Friederike Heumann, Eduardo Egüez, Siobhán Armstrong, Dirk Börner, David Plantier, Sophie Watillon y Brian Franklin (criticado en Goldberg 21 y calificado con 5 estrellas). La teoría de Garrido que Torres explica es sencilla: “Creo que las formas de cantar del Barroco sobrevivieron de manera natural, impensada, en los folklores latinoamericanos. Hay una manera de cantar que a nosotros, los argentinos, nos resulta propia, fácil, fluida, y que se adecúa casi con exactitud a lo que desean muchos de los músicos europeos que hacen este repertorio”. Otra afirmación que Torres enarbola casi como una declaración de principios, que parece iconoclasta en un momento en que la ultraespecialización está a la orden del día, es la siguiente: “Canto Monteverdi de la misma manera en que canto Fauré, unas canciones de Guastavino o el Simon Boccanegra de Verdi. No soy un cantante barroco. Soy un cantante”. No se trata, evidentemente, de que a Torres el estilo no le importe. Basta, en ese sentido, escuchar la manera en que frasea las endiabladas ornamentaciones de Possente spirto. Lo que el dice, más bien, es que, antes del estilo, antes incluso del pensamiento acerca de una obra, hay siempre una misma aproximación que tiene que ver con la comprensión del texto y con “entrar en el mundo expresivo de esa obra”.
¿Es consciente de que esa manera de pensar lo enfrenta con la posición dominante en el mercado actual de la música, que busca, sobre todo, especialistas?
Parto del hecho de que me gusta la música. Amo la música. No toda la música pero sí de todos los géneros y de todas las épocas. Yo soy un instrumentista. Y mi instrumento sirve para ir del gregoriano hasta ahora. Y la verdad es que me gusta hacer todo. Porque en cada uno de esos mundos expresivos encuentro algo que me toca. Me resulta importante obedecerme. Y si eso me hace menos interesante para algún productor discográfico o para algún programador de algún teatro de ópera, lo lamento. No puedo contradecirme a mí mismo. Por otra parte, si se puede estar seguro de algún cambio, desde el gregoriano hasta la actualidad, es el que ha sufrido el oído humano. No sé si en lo morfológico pero con seguridad ha cambiado en su percepción de la intensidad. Los decibelios de hace mil años no eran los de ahora. Y si el oído cambió, las voces deben haber cambiado. Cantar en una época no es lo mismo que hacerlo en otra. No es lo mismo un monje medieval, en su mundo de monjes medievales, que un castrato del siglo XVIII, haciendo esa especie de circo, maravilloso seguramente, o que un cantante de lied de mediados del siglo pasado, como Gérard Souzay o Dietrich Fischer-Dieskau. Yo me identifico bastante con un cantante como Dieskau, no porque mi voz se parezca a la suya sino porque él, o Van Dam, por ejemplo, cantaron un poco de todo. Sobre todo dentro del repertorio de cámara. Y no cambiaban su manera de cantar. Lo que cambia es la música.
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‘Amo la música. No toda la música pero sí de todos los géneros y de todas las épocas’
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