Con María Bayo (Fitero-Navarra-España) nos sentamos a charlar una tarde de lluvia en un pequeño salón del recién inaugurado Auditorio –El Baluarte– de Pamplona.
La tarde anterior María ha sido la estrella del concierto inaugural. Llegó casi con el tiempo justo de Sevilla en donde acabada de interpretar, durante cinco tardes, la Marguerite (Faust), un papel exigente que quizá ella se planteó como un reto.
Para esta mujer, que trasmite a priori una cierta fragilidad pero esconde una férrea voluntad, todo en su vida artística han sido retos. Porque si algo le asusta es el que le encasillen, el que le pongan etiquetas. Y ahora mismo pereciera que su objetivo es demostrarse a sí misma y a los demás que está en situación de afrontar repertorios y obras muy diversas.
María es una de las grandes, de las más grandes, pero cuando hablas con ella parece como si quisiera expresamente desprenderse de la imagen de una diva.
Hemos estado, antes de la larga conversación, paseando por los extensos espacios del Baluarte, obra del joven pero ya consolidado arquitecto Francisco Mangado. Y la figura menuda de María, mientras se presta a posar para la sesión fotográfica, parece que se pierde en los espacios geométricos, en las líneas profundas enmarcadas en el negro del suelo de pizarra y el tostado de las maderas, entre el metal y el cristal, entre el verde que se asoma hacia el vecino Parque de La Ciudadela y los tonos grises del cielo.
Está cansada pero a la vez feliz ante la perspectiva de pasar dos días de descanso en su tierra, visitando a su padre, añorando a su madre de la que tiene recuerdos imborrables, reencontrando a los amigos. Así que cuando comienza a hablar el cansancio se le nota poco a esta mujer vital y exigente. |
|
|
|