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Chiara Banchini ha mantenido una larga e ininterrumpida relación con el Barroco italiano. Sin embargo, no nació en Italia, sino en Lugano, en el cantón de Ticino de la Suiza de habla italiana. Tras haber estudiado en el Conservatorio de Ginebra pasó varios años en Holanda antes de que le ofrecieran una cátedra en la Schola Cantorum de Basilea, donde sigue dando clases. Con el paso de los años han cambiado, por supuesto, muchos músicos del “415”, pero el espíritu del conjunto se ha mantenido intacto. Chiara Banchini está convencida de que ello se debe a que los intérpretes han sido, casi sin excepción, antiguos alumnos suyos.
Al igual que la mayoría de los conjuntos de música antigua, “415” tiene una plantilla flexible, pero el núcleo central de una docena de músicos, más o menos, se reúne unas cuatro veces al año durante varias semanas de ensayos y representaciones. Entretanto, Chiara Banchini continúa con su carrera de solista, a veces con programas mixtos en los que Bach o Tartini pueden alternar con piezas contemporáneas, que toca con un violín barroco. No le gusta cambiar de instrumento en medio de un concierto. Su interés por la música contemporánea la ha llevado a encargar obras a Takahashi o a David Glaus, entre otros –siempre para tocarlas con un instrumento barroco–. También ha pedido a Michael Kaeser una composición para su conjunto, que se incluirá en un futuro programa.
La primera vez que escuché un ensayo de “415” me sorprendió ver de pie a un violinista tocando la parte del solista y dirigiendo el conjunto; la señora Banchini estaba sentada al otro lado, casi oculta entre los demás violinistas. La sensación, casi física, de armonía que impera en el conjunto está fomentada, sin duda, por la costumbre que permite a todos los músicos ejecutar de vez en cuando la parte del solista y, siguiendo la práctica del siglo XVIII, dirigir el concerto o grupo de solistas.
Ch.B.: ¿Por qué no habría de distribuir los papeles y dejar que otros tocaran las partes del solista en los conciertos? Todos esos músicos son alumnos míos y tocan mejor que yo. Es posible que cuente con la ventaja de poseer un poco más de experiencia. Pero eso es todo. Todos son solistas, y en el Barroco italiano no faltan los concerti. Creo que, en los programas que estamos preparando en este momento, cada uno de los músicos tendrá su oportunidad.
Resulta muy difícil mostrar el mínimo atisbo de originalidad en nuestra programación. Hemos construido nuestra fama como especialistas en el Barroco italiano y, en consecuencia, se nos pide constantemente que toquemos las mismas cosas: Corelli (en especial el inevitable opus 6 con su Concierto de Navidad), Vivaldi, el Stabat Mater, etcétera. Si hay algo que no quiero interpretar nunca son las Cuatro Estaciones: las hemos escuchado en exceso, y demasiadas veces como una parodia de sí mismas. Es verdad. No quedan muchas sorpresas que descubrir entre los italianos ni entre los italianizantes de la época, incluido Händel. Pero si se mira con mucha atención, es posible encontrar aún unas pocas.
¿Merece la pena rebuscar en los archivos?
Tal vez. Pero, por buena que sea la interpretación, los resultados no están siempre a la altura de lo que nos gustaría. Es verdad que persiste la tentación de exhumar a algún otro compositor o una nueva obra; con suerte, podríamos encontrar a uno que no debería haber sido olvidado. Giovanni Bononcini (1670-1747), compositor de La nemica d’amore fatta amante (el CD más reciente del conjunto), es uno de ellos. Bononcini no era, en ningún sentido, un compositor mediocre, pero cayó prácticamente en el olvido a raíz del escándalo y la desgracia que marcó los últimos años de su vida1.
Podría haber otras sorpresas afortunadas. Cuando preparaba su doctorado en la Schola, David (Plantier) halló un concierto de Valentini en la biblioteca de la Universidad de Basilea. Lo tocará en uno de nuestros próximos programas. Es otra de nuestras costumbres en el Ensemble 415. El músico que encuentra una composición de música desconocida y la presenta tiene el ‘derecho’ –si creemos que merece la pena, por supuesto– de tocarla y dirigirla.
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