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Su conjunto es joven, pues nació entre 1999 y 2000. ¿Cómo comenzó esta aventura?
Decidí fundar el conjunto L’Arpeggiata por varias razones. La primera fue, sencillamente porque toco la tiorba y el arpa, y estos instrumentos intervienen en el repertorio que hemos decidido abordar. Por otra parte, hace ya bastante que toco en diversos conjuntos y trabajo con teatros de ópera como el de Múnich, donde he sido directora de canto. Además, resulta que me satisface el contacto con los cantantes y deseaba privilegiar este aspecto, precisamente, en el marco de mi conjunto. Por tanto, quise implantar como base de L’Arpeggiata un continuo de colores cálidos, con instrumentos de época como la guitarra toscana, el arpa barroca, el laúd, la tiorba, el tiorbino, el colachón, el lirone, la guitarra barroca y el salterio. Son colores oídos en muy pocas ocasiones y que, sin embargo, eran de uso corriente entre los músicos del siglo XVII italiano. A partir de un acervo instrumental constituido de ese modo, invitamos a solistas vocales.
Usted atribuye una importancia muy especial al canto. ¿Cuáles son sus motivos?
Así es; para mí se trata de algo esencial. Ahora bien, para cantar ese repertorio, es necesario conocer los distintos estilos de la época, las diversas variantes de la vocalidad. En este sentido, disponemos de descripciones que indican la existencia de un “cantar alla romana”, “alla napoletana”, etcétera… Aunque se trata del mismo país, son maneras de cantar completamente distintas. Contamos, por ejemplo, con indicaciones sobre el canto en Nápoles, muy próximo a la música tradicional; los cantantes relatan en él la historia del texto y juegan con lo gestual, y al mismo tiempo sacan partido a una gran libertad rítmica. El reto no se sitúa tanto en el plano del simple virtuosismo sino, más bien, en el nivel de la sutileza vocal, donde el ritmo debe adaptarse al texto, generalmente estrófico. En el caso de Roma existen así mismo numerosos estilos, como el “ricercare cantando”, presente también en Florencia y que requiere una vocalidad completamente distinta. Pero, una vez más, quien transmite las emociones a partir del texto musical es un “cantante actor”. Hoy en día es muy difícil, por supuesto, hallar cantantes capaces de restablecer esas prácticas, sobre todo en lo relativo a las disminuciones y las tesituras. Es evidente que las tesituras utilizadas por algunos compositores romanos eran muy diferentes de las que se poseen actualmente. Gran parte de esa música se cantaba, en efecto, en claves de soprano, ligadas a la existencia de castrados, y exigía, por tanto, una flexibilidad y un virtuosismo extraordinarios para la época. Otra diferencia respecto a la situación actual es que aquellos intérpretes eran personas que se ejercitaban a diario en cursos de canto, que practicaban, por tanto, cada día el arte de la disminución. Comenzaban muy jóvenes, hacia los siete años, ¡y a los quince eran ya cantantes consumados, preparados para subir a un escenario!
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