La epopeya humanista
A pesar del rumbo caótico de su vida, Ludovico Ariosto conquistó muy pronto esa fama halagüeña. El poeta, nacido el 8 de septiembre de 1474 en Reggio, donde su padre era capitán de guarnición, dio muestras de sentirse atraído por las letras desde su primera juventud, abandonó sus estudios de derecho por las humanidades y compuso a los veinte años sus primeros poemas en latín. Sin embargo, esa vocación se vería pronto contrariada por la muerte prematura de su padre. Convertido en tutor de sus diez hermanos y hermanas menores, Ariosto se vio obligado, en efecto, a abandonar sus estudios y entrar al servicio del cardenal Hipólito de Este. Los sueños de emprender una carrera literaria se alejaron ante la necesidad de seguir la profesión muy poco artística de capitán de guarnición, y luego otra más romántica, pero igualmente esclava, de encargado de misiones diplomáticas. No obstante, a pesar del peso de aquellos cargos, Ariosto logró componer su primera comedia, La Cassaria, representada en Ferrara en 1508, y entregarse desde 1507 a la redacción de su gran obra L’Orlando furioso, concebida como continuación del Orlando innamorato de Boiardo. El arduo trabajo realizado en las horas arrebatadas a la obligaciones profesionales y a sus amores clandestinos con Alessandra Bernucci, esposa de Tito Strozzi, permitió al poeta publicar en 1516 la primera edición de su extenso poema. Apenas publicado, el autor volvió de nuevo sobre él y lo reeditó en 1521. La última edición apareció en 1532, fecha en el que Tiziano inmortalizó a Ariosto en un célebre retrato. Un año después, la vida del poeta se apagaba en Ferrara.
Ariosto dejó tras de sí, muy por encima del conjunto de su producción artística, aquel magistral Orlando furioso, colección de cuarenta y seis cantos en estrofas rimadas, con el que dio forma a un nuevo universo poético que mezclaba narración, humor y moralidad en las fronteras de lo histórico y lo maravilloso. Tras los estucos mágicos del fabuloso fresco, más allá de los fulgores y las estocadas, disimulada entre intrigas de pasión y fuentes de lágrimas, la poesía transmitía un mensaje moral y social. Era la ética humanista de un siglo renaciente, la profunda sociología de una época, de sus valores y sus costumbres, pero también de sus raíces y su horizonte. El marco histórico de la feroz rivalidad que oponía a Carlomagno y Agramante, rey de los sarracenos, era sólo el pretexto maravilloso elegido por el poeta para transmitir su mensaje. Al narrar el destino de Orlando, o Rolando, faro de su relato, Ariosto contaba con fragor e imágenes la frágil fuerza de la humanidad.
Los personajes de la fábula
En el núcleo de la epopeya campea el personaje de Orlando, valeroso sobrino de Carlomagno, paladín loco de amor por la pérfida Angélica, hija de Galafrón, rey de Catay. Sus periplos alrededor del mundo en busca del amor imposible se entrecruzan con los caminos de una multitud de personajes más o menos fundamentales. En esa muchedumbre de rostros a veces delicadamente cincelados y, otras, sólo esbozados, destacan los tres fieles auxiliares de Orlando. En primer lugar Astolfo, paladín inglés, hijo del rey Otón y primo del héroe. Astolfo atravesará las puertas del infierno, apresará a las Arpías y encontrará en la Luna, encerrada en un frasco, la razón perdida de su primo. Junto a él, Bradamente, amazona cristiana, hija de Aymón y hermana de Rinaldo. Enamorada de Rogelio, descendiente de Astianacte, Bradamente fundará con él la dinastía de Este. Frente a estos valientes, abundan las figuras torvas, cobardes o pérfidas. Las encabeza Rodomonte, rey de Argelia, el “Marte africano”, “espantoso y terrible”, que devastará París. O Alcina, hermana de las hadas Morgana y Logistila, a la que arrebató una isla para establecer allí un reino encantado. Y Medoro, el bello soldado de Dardaniel, rival afortunado de Orlando en el corazón de Angélica. Y muchos más que irán encontrando sucesivamente su lugar en esta novela y fábula espiritual entretenida y edificante.
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